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Fútbol decadente

por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

“La decisión era hacer todo lo posible para jugarlo”

Darío Herrera, 14 de mayo de 2015, 23:18, Bombonera.

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Año electoral. 1200 policías. Drones. Terror. La instantánea combinación de estos 4 ítems se parece más al retrato de alguna escena bélica extraída de Homeland o la Franja de Gaza, pero no, se desprende de un universo macizo, malinterpretado y bastardeado que siempre que haya que apretar el discurso en manos de lo justificable va a estar ahí, quieto, para devorarse a sí mismo. El fútbol, su folclore y los mecanismos de naturalización que muestran tribunas de un solo color como orden natural de las cosas son monstruos gigantes: 1. El fútbol, por lo menos el reciente, en Argentina, viene pasando por un gran momento. Nuestra selección viene de obtener un subcampeonato mundial en la competencia más épica que vimos desde Italia ’90; está segunda en el ranking mundial de FIFA y muy probablemente gane la Copa América de este año en Chile. San Lorenzo y River vienen de ganar los dos últimos torneos continentales: Libertadores y Sudamericana, respectivamente. En el plano local: River y Racing, en ese orden, obtuvieron los torneos más emocionantes de los últimos quince años; Argentina vende jugadores por decenas de millones de dólares, una industria de materia prima, como la soja, la soja o la soja.

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2. El folclore está ahí. Divide aguas entre el “hincha legitimo” y “los barras”. Juega tanto adentro como afuera de la cancha. Es el responsable de poner en el discurso periodístico sentencias improbables como “la mística copera” o “el factor Bombonera” que trotan y ponen el cuerpo como jugadores adicionales. El folclore del lado de adentro del trazado sostiene, como vimos anoche, esa tortura psicópata y enferma de “quedarse adentro de la cancha a bancar por si te retirás y te dan el partido perdido por abandono” o la imbecilidad llevada empujada a límites insospechados cuando los jugadores del equipo local tuvieron la feliz ocurrencia de levantar sus manos para saludar a esos que no les rompen las 4×4, no insultan a sus novias oxigenadas ni les piden que terminen la secundaria. ¿Es el folclore mal entendido el quiste que le inyecta sinsentido a la metástasis de los violentos del fútbol? La respuesta, creo, es que sí. El delirio de la cultura del aguante gana adherentes en lugar de perderlos, en forma de puteada, o bandera rezando que “si nos llegan a cagar de nuevo no salen de la Bombonera”, o botellazos de agüita saborizada de platea.

Qué decir de la (3) naturalización de la tribuna. Ya nos acostumbraron a que a la cancha local sólo la pisa el local. ¿Qué vendrá después? ¿No era acaso el combate discursivo del canto de hinchada el néctar predilecto del folclore futbolero? El próximo paso a naturalizar probablemente, sea la puerta cerrada para esos que le inflan el pecho a los jugadores a la hora del combate. No voy a pecar del europeizante, porque reniego mucho (mucho) cuando Mariano Closs putea nuestra forma imperfecta y latinoamericana de vivir el fútbol, cada vez que suena el hermoso himno de la Champions. Lo puteo tanto como puteo a nefasto Chiche Niembro y su discurso liberal moralizante mientras mete PNTs de Travel Ace Assitance.

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Si es cierto que hay un over-acting, una manera enferma de vivir ciertas partes del fútbol en nuestro país. Nuestro fútbol es decadente. Hay gente que paga un abono para ir a pedir que el rival se muera, como se murió Emanuel Ortega, un chico de 21 años que estuvo 11 días en coma después de pegarse contra una pared. Sí, una pared. Esa pared de material a un metro de la línea lateral también es una pared enferma. Ese chico escribió hace 3 años en su muro de Facebook que el fútbol le daba vida y que por él daría la vida. ¿Cuánto le costará a un oficinista raso una butaca en la Platea Norte de la Bombonera para ir a gritarle a un potentado semiescolarizado que vive de lo que ama hacer, que se muera, o mucho peor, pensar que al rival no tenés que ganarle, lo tenés que matar?

Un árbitro que no tuvo los huevos de dar por suspendido un partido “porque te matan”. Un veedor que se mandaba mensajes de texto con el presidente de la CONMEBOL que vaya a saber uno qué habrá estado haciendo mientras pedía “que se siga”. Manchas de gas pimienta y quemaduras de primer grado. Protagonistas tapándose la boca mientras hablan. Un drone genial pero falto de timing. Un equipo local precalentando en medio del caos. Un presidente visitante quijoteando el sinsentido sin, sentido. El Macondo. Apenas le faltaron los sombreros de paja y un par de gallos de riña. El apocalipsis. Pagani llorando la muerte del fútbol. Gente extrañando a Riquelme. Un último párrafo completamente inútil. • Revista Cabeza.

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