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Los cuadernos de lectura I

Por Esteban Brizuela (@brizuelaesteban)

Ahí están, apilados en el cajón de mi escritorio. Cuadernos más o menos de un mismo tamaño y de colores variados. Las tapas de algunos ya están viejas, pero las hojas interiores se conservan intactas. Los observo de vez en cuando y pienso que ante cualquier contingencia (un incendio) sería lo primero que salvaría. Y esos cuadernos son frutos de una práctica: el subrayado.

No sé por qué pero se me hizo una costumbre cercana a la obsesión leer con lapiceras en la mano (ojo: lápices no, lapiceras). No puedo leer ni siquiera diarios sin tener algo para remarcar, a excepción de la lectura de El Liberal y Nuevo Diario (no porque subestime a la prensa local sino porque tienen pocas columnas de opinión, que es donde más se me da por subrayar).

Entiendo mi manía de subrayar libros, a los que se supone en algún momento volveré. Pero, ¿subrayar diarios? ¿Para qué? ¿Si en poco más de una semana estarán en la bolsa de basura? ¿Será porque quiero imitar a David Viñas que leía y anotaba meticulosamente sobre las hojas de La Nación? No, empecé con esa costumbre antes de conocer la rigurosidad de don David.

Y si así soy con los diarios, mucho peor con los libros. Mis libros están marcados con trazos totalmente desprolijos, llaves abiertas a los costados de los párrafos y palabras inentendibles escritas en algún espacio en blanco. Por eso me cuesta leer libros prestados, tengo que manejar la abstinencia de marcarlo donde se me antoje.

Pero comencé hablando de cuadernos que están guardados en un escritorio. Lo hice porque allí están los frutos de aquellas intensas lecturas con subrayados. Esos cuadernos comenzaron siendo algo parecido a diarios de la vida cotidiana pero como las cosas que se me ocurrían eran demasiado pueriles, decidí escribir breves comentarios de libros que leía o películas que veía. Durante un tiempo fueron también bitácoras de pequeñas biografías de escritores, ensayistas, científicos a los que descubría en suplementos culturales. Sin embargo, luego de varios ensayo- error, finalizaron siendo lo que aún son: diarios de lectura, en donde solo hay frases, párrafos o expresiones de lo que estoy leyendo.

El primer cuaderno data de 2004. Tenía 23 años. Está muy bueno hurgar qué hay en ellos, porque descubres el lector que eras, tus viejos intereses, tus confusiones. Supongo que es como leer cartas de viejas novias. Y allí encuentro estos fragmentos copiados principalmente de novelas y ensayos del gran escritor Juan José Saer. Pero por ahí andan también García Márquez, Primo Levi, Theodor Adorno, Michel Foucault, Renato Ortiz, Platón, María Esther Vázquez, Borges y La Biblia. Todo bastante desordenado y caótico.

“Mi madre, ciega a causa de la diabetes, se estaba muriendo en su dormitorio, en la cama matrimonial que mi padre había desertado 20 años atrás por otra menos exigente, la tumba.” (Saer, “Lo Imborrable”)

“Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado.” (García Márquez, “El amor en los tiempos del Cólera”)

“Un orden infernal, como era el nacionalsocialismo, ejerce un espantoso poder de corrupción del que es difícil escapar. Degrada a sus víctimas y las hace semejantes a él porque impone complicidades grandes y pequeñas.” (Primo Levi, “Los hundidos y los salvados”)

“Los mejores libros de Faulkner nos dan esa doble lección, que es la de toda gran literatura: fidelidad a una visión personal y exploración constante de la forma. Es obvio que ese programa está al alcance de muy pocos, y que exige rigor, inteligencia y talento, intransigencia y soledad, inspiración y trabajo.” (Saer, “La narración objeto”)

“Un asado no es únicamente la carne que se come, sino también el lugar donde se lo come, la ocasión, la ceremonia. Además de ser un rito de evocación del pasado es una promesa de reencuentro y de comunión.” (Saer, “El rio sin orillas”)

“Un hecho tan importante como la certeza sobre la existencia de la divinidad puede prescindir de todo comentario.” (Saer, “Las nubes”)

“Un verdadero celoso es un maniático del detalle.” (Saer, “Cicatrices”)

Además de innumerables citas encuentro una perlita. Encuentro una lista de librerías de Buenos Aires que alguna vez confeccioné, separadas por temáticas:

“Librería especializada- Galería Pacífico.”

“Librería feminista- Montevideo 333.”

“Librería esotérica- Santa Fe 1260.”

“Librería borgeana- El Salvador 4251.”

“Librería de poesía- Las Heras 2237.”

“Librerías de viejo- Larrea 938- Rodríguez Peña 429- Avda. de Mayo 767-Ayacucho 437- Esmeralda 882.”

Este primer cuaderno termina con las siguientes palabras: “supongo que al cuaderno que viene lo podré encarar con más decisión. Ya tengo un plan definido”. Estaba en el bar Servi-Sur (Solís y Belgrano). Era el 27 de diciembre de 2006. Revista Cabeza

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