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A la caza de la Mujer de Blanco

Por Ernesto Picco.

Me tocó ir en busca de la Mujer de Blanco hace unos años. No era como esta que acaba de aparecer en La Banda, que está a mano, esperando en la vereda que le saquen una foto. A la que yo tuve que cazar había que viajar lejos para encontrarla. Se había aparecido en el baño de una escuela muy al sur de la provincia, al límite con Santa Fe. Nosotros nos enteramos tarde. En esos pueblos de frontera interior la gente es de una provincia pero habla como si fuera de la otra, un rato está en una y al otro en la de al lado, y así la historia la había agarrado de casualidad un diario santafecino. Pero rápidamente había sido levantada por un portal de noticias de Buenos Aires y ahí la vimos nosotros una tarde en la redacción. Era en esa hora crepuscular y frenética en que convive la adrenalina de cerrar contrarreloj los temas de la jornada con la pequeña angustia de empezar a pensar la agenda del día siguiente. La Mujer de Blanco, entonces, venía a resolverles un problema a los editores. Cuando todavía no se imprimía el diario de ese día me dijeron preparate que mañana vas para allá.

Salimos tres. Antes del amanecer, el chofer, el fotógrafo y yo rumbeábamos al sur con la sensación extraña que – imagínese el lector – puede tenerse encima cuando uno sabe que va a invertir tres horas de su vida viajando para buscar un fantasma en el baño de una escuela. Había que ser uno de dos: o chanta o creyente. En el apuro, nosotros no habíamos tenido tiempo ni de asumirnos como lo primero ni de dar lugar a lo segundo. Íbamos nomás. Medio dormidos y sin saber muy bien con qué nos íbamos a encontrar, ni con qué cara íbamos a hacer las preguntas al llegar. Sin saber si íbamos a ser discretos o íbamos a ir al grano. Opción uno, hacer el tonto: ¿Qué tal las cosas por la escuela? ¿Nada raro en los últimos días? Opción dos, el imperio de la necesidad: Íbamos por aquí de paso… ¿Nos presta su baño? Opción tres, con el cuchillo entre los dientes: ¿Dónde está la Mujer de Blanco? Con más delicadeza o de golpe, en cualquier caso se nos caía toda la estantería, y la seriedad profesional que a duras penas algunos intentábamos cultivar día a día.

Entramos al pueblo cerca de las once de la mañana, bajando la velocidad, como quien no quiere la cosa. Cuando un locutor de la radio que logramos sintonizar anunciaba la presencia del medio más importante de la provincia nos dimos cuenta que ya no podíamos ser muy discretos en nuestra cacería. De hecho, nunca íbamos a poder serlo entrando con una camioneta blanca con el nombre del diario estampado enorme de punta a punta a ambos lados.

Tomamos aire, hicimos de cuenta que no pasaba nada, de que nuestra búsqueda era una pesquisa periodística más, de que no íbamos a hacer el ridículo, y fuimos a la escuela en cuestión.  Era un edificio verde y macizo de dos pisos, parecido a las gigantes escuelas mellizas que Absalón Rojas había fundado en la capital a finales del siglo XIX. La pasamos de largo y estuvimos estacionados un rato a una cuadra, sin animarnos a bajar. Hacíamos chistes, después nos poníamos serios de golpe, después ensayábamos qué pregunta sonaba menos estúpida para hacer nuestra espectacular entrada en escena. Ninguna nos convencía. Pero cuando al fin nos decidimos a bajar, ya cerca del mediodía, no tuvimos que preguntar nada de nada.

Encuentros cercanos

La maestra salió al cruce ni bien atravesamos la puerta de la escuela. Era como el edificio, pero de otro color: maciza y blanca en vez de verde, con un guardapolvo como una carpa y una cara de gringa recia en la cima. Éramos solos el fotógrafo y yo enfrentando su humanidad en un enorme patio central al que se accedía por la entrada. Antes que pudiéramos emitir palabra la mujer nos dijo con tono socarrón que no podía creer que viniéramos por lo de la Mujer de Blanco. Con mi mejor cara de póker le dije que sí, como si perseguir fantasmas fuera cosa de todos los días. La seriedad con la que yo había intentado aparentar esa cierta familiaridad con el mundo de lo sobrenatural le hizo cambiar el semblante irónico por una mueca de enojo y nos dijo, cortante, que no había nada que buscar ni que ver, que volviéramos por donde nos habíamos ido.

Esa negación rotunda de la maestra fue la primera señal de alerta. La segunda fue algo en el lugar que llamaba la atención: la escuela estaba desierta. La mujer nos explicó que se debía a un temor generalizado que había despertado la noticia en los medios nacionales, que los padres no habían dejado ir a sus hijos a la escuela, y que estaba indignada por todo eso. Gol: con o sin fantasmas, al menos el ausentismo y el pánico generalizado era una noticia que se podía publicar. No habíamos viajado inútilmente. Pedimos hablar con alguna autoridad por el tema y la maestra se fue a buscar a una especie de subdirectora y nos remarcó con énfasis que no nos moviéramos de donde estábamos.

Mientras se demoraba la espera por esta especie de subdirectora recordamos la orden de nuestro editor: no importa si aparece o no – como si pudiera aparecer – pero traigan fotos de ese baño donde la vieron a la Mujer de Blanco. Entonces desobedecimos a la maestra. Empezamos a recorrer la escuela desierta hasta que un quiosquero cómplice nos indicó que los baños estaban en el segundo piso. No dijo, con toda seriedad, que la Mujer  de Blanco se aparecía en el baño de varones, que era la segunda puerta al final del pasillo. Subimos decididos como dos cazafantasmas y entramos al baño de varones. Nada: unas paredes con azulejos blancos escritos con témperas de colores, un par de lavamanos, el sonar de gotas, un inodoro sin tapa detrás de una puerta de madera, y dos mingitorios que estaban a punto de salvarnos la vida.

Mi compañero, que se había puesto creativo, sacaba una foto de mi sombra proyectada en la puerta de madera, cuando empezamos a escuchar los taconazos de la gringa maestra que venía despilfarrando insultos contra los periodistas por el pasillo. Ahí venía la Mujer de Blanco a la que sí podíamos temerle. Nuestra defensa fue rápida y coordinada: nos desprendimos los pantalones y apuntamos contra los dos mingitorios que parecían hechos a medida. La maestra pegó un grito de sorpresa cuando entró al baño de varones y nos encontró de espaldas a la puerta en actitud de echar aguas menores.  Fue lo último que hicimos en esa escuela. Pero no nos iríamos del pueblo sin haber develado un misterio.

Creer o reventar

No supimos si la maestra nos creyó la excusa de habernos escapado al baño por nuestras necesidades. El tema es que finalmente la especie de subdirectora no apareció y nosotros nos fuimos, fotos mediante, a recorrer el pueblo en el que había ocurrido el faltazo masivo por temor a la Mujer de Blanco. En muchas localidades del interior las casas permanecen a puertas y ventanas abiertas y eso nos permitió entrarles más fácilmente a los vecinos. Nos encontramos con que los padres efectivamente estaban asustados, con que sus hijos lloraban porque decían que algún compañero había visto a la Mujer de Blanco, con que en la misma radio en que habían delatado nuestro ingreso al pueblo no habían parado de hablar del tema en las últimas cuarenta y ocho horas. Ahí estaba la clave.

Preguntamos dónde estaba la radio e indicaciones de por medio llegamos a una casita descascarada al final del pueblo. Un grandote con gorrita y expresión muy seria nos recibió en la puerta mientras un flaquito joven como él parloteaba sin parar frente al micrófono en una habitación diminuta y ensombrecida. Al lado, un teléfono no paraba de sonar. El grandote de la gorrita nos explicó que había estado así todo el día y el día anterior. Habían hablado con el diario de Santa Fe, habían salido al aire en dos radios de Buenos Aires, y hasta los habían llamado de la productora de Chiche Gelblung. Estaban a mil. Desde esa casita venida a menos, a la orilla de un pueblo a la orilla de una provincia a la orilla del país, ellos metían su noticia en los medios nacionales. La Mujer de Blanco era su gol con la mano a los ingleses. Y mientras tanto, temor en las casas y faltazo masivo en la escuela: teníamos a un perfecto Orson Welles santiagueño. Iba a ser una crónica para chuparse los dedos. O no.

Aprovechamos un tema musical para hacerles un par de preguntas a los chicos. Obviamente, a pesar del revuelo, no había nadie que hubiera tenido un encuentro directo con el fantasma. Siempre era alguien a quien le habían dicho, el compañerito que había visto, y los testimonios al aire de los padres contagiados del susto de sus hijos. No indagamos mucho más, nos subimos a la camioneta y desaparecimos en la ruta.

Empecé a escribir la historia en el camino. Mientras atardecía, tecleaba en una notebook bastante golpeada que usábamos para ganar tiempo cuando sabíamos que íbamos a llegar tarde a la redacción. No fue como hasta las dos horas de viaje que logré hablar con mi editor, cuando agarramos señal de celular mientras pasábamos a la vera de algún pueblo. Yo le conté de la pesquisa, del baño, del pánico generalizado y de Orson Welles, de cómo los dos chicos habían saltado de un golpe a los medios nacionales avivando la historia de un fantasma que nadie había visto. Fue cuando escuché la voz de mi editor, entrecortada por la mala señal, que se me quemaron los papeles: no importa todo eso, nosotros queremos el fantasma.

Al día siguiente la tapa del diario mostraba una foto con sombras enrarecidas y un título que hablaba del fantasma que tenía aterrorizado a este pueblo muy al sur de la provincia. Adentro había una nota escrita a regañadientes que no hablaba de la radio, que alimentaba el misterio por el fantasma y que decidí no firmar. Antes y después, hubo otras tantas tapas de ese tipo en nuestros diarios. De fantasmas en edificios públicos, de petisos orejudos, de casas embrujadas, de bestias raras que alguien vio en el monte. Y salen, y son las historias a las que se les dan tapas y páginas a granel, alimentando ese gusto por lo misterioso y lo trasmundano, en un juego de engaño y aceptación entre periodistas y lectores, que se dejan seducir por los misterios oscuros con los que se asustaban desde chicos. En el fondo, los santiagueños nunca dejamos de ser ese pueblo supersticioso y con avidez por lo mítico que Ricardo Rojas pintó en el País de la Selva hace más de cien años.

Desde que estoy alejado de las redacciones he contado más de una vez esta historia entre amigos y risas, como una de las tantas anécdotas que uno atesora con cariño del oficio periodístico, que carga con sus virtudes, sus vicios y sus miserias. Cuando de tanto en tanto una de esas noticias vuelve a aparecer, siempre me encuentran con la guardia baja y la reacción incierta. A veces me causan risa, otras me hacen enojar. Ya veces las leo y las acepto como aparecen, como están. Es parte de nuestro periodismo y de nuestra cultura.

El pensamiento que invariablemente me asalta en cada oportunidad, es el que me hace preguntarme por todas las noticias que no salen, y cuya ausencia es velada con el oscuro embrujo de estas otras, tan leídas, tan comentadas, tan entretenidas. • Revista CABEZA.

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9 Comentarios

  1. Bien Ernesto!! Yo tengo varias parecidas sabrás. También siempre las cuento: la del remisero que lo tapó una sombra negra, la de los chantas umbandas, y hasta fui a la madrugada a un cementerio en el interior,acompañado de un manochanta peruano, su cliente y mi aterrado fotógrafo, más otras que todavía me dejan con las ganas de encontrarme con uno de esos fantasmas… Nada che!
    En lo periodístico, lo mismo. “Hay que escribir lo que la gente quiere leer”, entonces es un constante “regañadientes”, un tire y afloje con nuestros principios, de la que hasta ahora, seguramente vos como yo, salimos empatados, sin entregarnos, sin vendernos a nuestros principios.
    Me reí y me entretení, gracias por eso y felicitaciones. Sos un grande!

  2. En Clodomira hay campeones panamericanos de Gimnasia rítmica, estudios de hidroarcenicismo de trascendencia internacional y lo único por lo que se nos recuerda es por el petiso orejudo.

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