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El amor-runrún: una modalidad amorosa en “Romantisísimico”

Por Juan Leopoldo Ramos

En el último trabajo de Babasónicos, “Romantisísmico” editado en 2013, hay distintas versiones del amor. Tal vez hasta haya una por canción, o una variación del tópico a lo largo del álbum.

Adrián Dárgelos, su líder espiritual y vocalista, ha impreso una autoría a la lírica de esta banda. Sus intervenciones literarias parecen dar cuenta de un recorrido de lecturas polifónicas, en ensayo y en ficción, con resonancias inevitablemente filosóficas, si acaso este mote puede caberle a aquel que osa interrogar en la era digital, aún.

Baste como medida de su estatura lírico-crítica, tal vez inversamente proporcional a la física, el intercambio que mantuvo en una oportunidad con el vanidoso Marcelo Cohen. Hasta donde conozco, no vi autores-de-música-popular-argentina disponer criterios críticos en este nivel. Tal vez, se merezca este videoclip un artículo aparte.

 

Es celebrado el acceso a no-sé-qué verdad que milenariamente vienen ofreciendo los artistas. Freud tomó a Sófocles para establecer un complejo estructural en el psiquismo humano; Lacan a Platón para explicar la intimación elemental entre los sujetos; y Borges aportó una frase memorable y rigurosa cuando escribió que en el hecho artístico de lo que se trata es de la proximidad a una revelación que nunca se produce.

Así las cosas, el acto artístico no le iría en zaga a la construcción científica, y de hecho gente como Heidegger defendería al primero, particularmente a la poesía, como acceso privilegiado a las cuestiones del Ser. Todo esto para fundamentar que Romantisísmico es un objeto proposicional sobre los modos del amor, otro más en la carrera babasónica, que por supuesto merecería un ensayo más riguroso y vasto, que excede las intenciones de este comentario a la pista #4, de ese álbum: “Run run”

 

El Diccionario de la Real Academia Española nos dice que es una “voz onomatopéyica”, en sus primeras cuatro acepciones habla de: “1. m. Zumbido, ruido o sonido continuado y bronco; 2. m. ruido confuso de voces; 3. m. coloq. Voz que corre entre el público; 4. m. Arg., Chile y Perú. Juguete que se hace girar y produce un zumbido.”

En estas variaciones puede advertirse que están en juego: un ruido, una continuidad, una confusión de voces, un juguete girante.

Entonces no habrá silencio, ni ruptura, ni claridad, ni seriedad.

Dárgelos plantea el amor como un runrún, básicamente una voz que miente, una correría escandalosa. Si miente ha de ser en relación con una verdad, “una verdad mayor de esas como…”

En el amor-runrún el enamorado advierte la disfuncional condición labial. ¿Cómo es eso de que los labios no funcionen? Es interesante subrayar que no se habla de la boca, apéndice del sistema digestivo, que, dislocada, sería causal de estragos en la homeostasis del pretendido organismo humano.

Aquí se habla de labios, tal vez enfatizando la otra función de esa zona: nuclear la función verbal, por la cual la gente se anda diciendo cosas, hasta se miente cosas, hasta se explican otras.

Pero en el amor-runrún los labios están en off-side, juegan a otra cosa, con otras reglas, las esferas celestes se ponen tal vez rojas y lo explicativo es señuelo. Y lo curioso es que la seriedad –que recordemos que está excluida de esta modalidad– tampoco es reclamada: lo que no funciona hace “que me pierda más”. Donde perderse antes que desagradable resuena como su contrario. Enigmáticamente.

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El suicidio es convocado en el amor-runrún como un antídoto, ¿Antes había una enfermedad? ¿No era una disfunción? ¿Cuáles serían la salud y la función? O como un corte, un cese al vocerío continuo, una partición urgente “porque no puede más”.

Entonces ¿En el amor-runrún sólo la convocatoria de la muerte puede operar un stop al zumbido giratorio, al juguete que parla? Parece Dárgelos argüir que no hay cómo desmentir, cómo no decir que el suicidio en esta versión del amor, sería el único antídoto contra todos los males de este mundo.

En la tercera estrofa Dárgelos se despacha con violencia para rondar esa revelación que nunca se produce según Borges: “Habla y di que el amor/ sólo miente/ para decir una verdad mayor/ de esas como lo nuestro no va”.

En un nivel enunciativo en primera persona, el enamorado en el amor-runrún podría en cierta instancia lógica, acceder a una posición en la que interpele al otro de la “relación” para levantar un velo anterior. Es como si Chan-Wook Park o Quentin Tarantino rodaran esta secuencia.

Se trata de un ascenso que sólo puede ser violento cuando, enigmáticamente, el velo levantó vuelo para no volver. “Dale, decí la verdad, esto es mentira”.

Lo que en Park y en Tarantino sería la muerte en la llegada, en Dárgelos y su amor-runrún sería que en el fondo de las cosas, “lo nuestro no va”: hay una imaginería empecinada en refinar el crudo para coagular los barriles del amor, para “barriletearla” toda.

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Pero Dárgelos, empuñando la más negra tradición dramática -trágica del viejo continente- hace decir al mentado enamorado que no habría tal fondo, que la refinadora es de cartón y que sólo hay un crudo abismo. Que no va. Que ese no va es de carácter abisal y no fundamental.

Entonces, en la caída, el desbarranco, como podría intitularse fácilmente alguna novelita, el aludido enamorado en la variante runrún del amor, accedería a la venganza que se proporciona con el desengaño asumido: detesta la recaudación de ventajas en el juguete del amor.

Es como si lo instrumental fuera carne putrefacta que debe situarse en el dominio de lo abyecto primero, como para estabilizarse parado en esta confusión, para saber dónde es el norte: no se jode con la especulación en el amor-runrún.

Y esto es lo maravillosamente paradójico: se cree que es posible reclamar esto porque se cree que es posible una comunicación sin fisuras donde las ventajas no sean posibles. Se enciende la misma mecha que la de “Django Desencadenado” (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2013): “Vine hasta aquí a enmendar mis errores”. Es el comienzo del fin.

La línea podría componer un guión perfectamente heredero de la tradición de la “espada vengadora”. La idea de venir a enmendar errores es bestial. O demasiado humana.

Dárgelos sitúa en el amor-runrún un instante en el que el otrora o aún enamorado concibe la empresa del perfeccionamiento aciago de la suma de sus errores: sólo volver para errar mejor o cómo allí donde era el error advendrá un error mejor. Loquísimo.

Tal vez estamos remontando con el autor en el amor-runrún, la instancia lógica anterior al suicidio referido.

Tomado por el embudo del mal, el protagonista se mueve en su interpelación hacia la ignición: “cuéntamelo todo / de la manera menos sutil/ (menos sutil)”. Dame fuego, dame dame fuego. Dame dolor. Dame gas y dame el fósforo también. En la caída de los velos, la danza se pone cruenta. Es la vorágine ascendente, es la caída de Bullock en Gravity, no hay más que daño. “Miénteme/ como si fuera tarde”. Una línea enigmática. Hermética. Como la holofrase psicótica.

¿Anybody’s help?

Mientras que cierta lógica admite que cuando la consunción está llegando a su límite es cuando se abre el Ser, ahí Dárgelos patea el tablero. Su amor-runrún, en estadío terminal, permite la ¿hazaña? de solicitar el ataque en el final del pucho, ahí donde se hace tarde, tarde para todo. En el calor del final, el lírico hace hablar al enamorado en un plano socarrón en el que se interpela una intimidad contumaz. Se busca sondear lo inconfesable: <<che qué onda con tus fantasías, pero ojo que no cualesquiera>>: “cuéntame/ la fantasía que eligió tu piel”.

Es como si esa elección se pidiera como se pide la cabeza de alguien que solía reinar, sólo para el escarnio. El reclamo de un acceso confesional sólo para develarlo sin concesiones. Dárgelos pareciera intentar de dar cuenta del despelleje sórdido –como todo levantamiento de piel– que embauca a los dos, como la exhaustiva suma de los personajes de Ch. W. Park: ninguno sonreirá después. Aunque resta el enigma de la posibilidad del incarnio, de la remota chance de engullir esa fortaleza escondida, cómo quién quiere creer que puede jugarla de par.

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Tal vez “qué pasó en ese baile aquel/ qué hiciste cuando nadie miró” sea la plastificación más delineada y mordaz en la sucesión ilusoria dispuesta por el bandleader babasónico en este amor-runrún: nos invita a colocar al otro de la “relación” como explotándose el esqueleto en un baile sin concesiones al honor y al prestigio, haciendo no sé qué ridículo de cabo a rabo, saliendo el tiro por la culata cuando se había apostado todo por encantar a un tercero tal vez, ahora que el tú de los dos estaba excluido.

<<Contame cómo se siente la soledad-que-aconseja-mal pero no en un cuarto oscuro dictatorial y frío en una madrugada solitaria de domingo, sino en el mismísimo jardín de gente, cómo es ser invisible aún bailando para la tribuna>>.

En esta instancia vengativa, el protagonista se propone sondear para boludear al otro del desencanto: <<Ja! Nadie miró!>> En el colofón inevitable, se puede esperar, nos dice Dárgelos, que diga que no está preparada, que el amor-runrún se trate de travestir en el amor-sorpresa (¿acaso otra modalidad?), es decir, un intento desaforado y final por poner todo en términos de lo súbito, de lo que no se vio venir, y de lo que se busca librarse en virtud de esa falta de preparación.

Si el que avisa no traiciona en la cotidianidad, en el amor-runrún es insalvable la traición y su sombra inmanente de venganza: “no ofendas sin antes avisar”, ya nada importa más que la escalada de destrucción irreversible.

Esa escalada se remata en el subrayado aviva-giles del “préstenme atención dije/ a enmendarlos nada más”. Es el supuesto enamorado en la enajenación absoluta: miembro afuera, pecho metálico, balas como caricias. Animado por el ocre de la ignición va contra todo y contra todos, por fuera de los pactos y por dentro de los cuerpos, repartiendo a gusto, como inveterado, como si la eternidad fuera su tiempo y la lava su fluido esencial.

<<Que nadie se duerma, sólo he venido a quitar los defectos de mis errores>>. Más negro que la mismísima sombra de la noche negra. • Revista Cabeza

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