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Oda a la esposa trofeo

por Kenneth Miller

Ya se fue de la cartelera, pero vale publicar éstas palabras probablemente previendo que algún enamorado del cine tenga la posibilidad de acudir al pirata más cercano, dispuesto a apropiarse de la última joya creada por Woody Allen: Blue Jasmine.

No es precisamente una Oda, no podría decirse que es un canto o verso glorioso para éste tipo de mujeres (…esposas, parejas), aunque Cate Blanchett se merece unos laureles y hasta versos podrían recitarse, dedicados a su memorable actuación.

Jasmine es integrante de la alta sociedad neoyorkina, está casada con uno de esos hombres buenmozos, de aspecto inteligente, de los que permanecen bronceados las cuatro temporadas, cuyo éxito de origen desconocido pero indiscutible parece no detenerse. Hal, así se llama el esposo, representó el cambio en la vida de Jasmine, con él quedó atrás la vida de Jasmine: quedó atrás la universidad, quedó atrás el pasado pobre, quedó atrás la familia (en particular la hermana; merece un párrafo aparte), quedaron atrás las incertidumbres respecto al futuro y hasta quedó atrás su verdadero nombre, Jeannette.

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Todo lo solido se desvanece en el aire, escribió Marx, y la burbuja de Jasmine estalla, se podría agregar. De un día para el otro queda en “patitas a la calle”, Hal es un estafador brutal –de esos que sabíamos que existían pero que Bernie Madoff vino a poner nombre y rostro un par de años atrás-, la vida de Jasmine desaparece y se ve obligada a refugiarse –ella, sus últimas valijas Louis Vuitton y su colapso nervioso- en la casa de su hermana. Sus últimos dólares serán invertidos en un boleto en primera clase a la ciudad de San Francisco. Comienza la película.

El intercambio, el choque, entre clases ya fue puesto en escena en varias de las películas de Allen (Poderosa Afrodita o Todos dicen te quiero; inclusive en Match Point) pero en ninguna tiene los relieves de incomodidad que hay en ésta. Jasmine y su hermana parecen provenir/dirigirse de/a mundos diferentes. Hay algo de vergüenza ajena en las escenas de Jasmine con el novio, más el amigo, de la hermana; flashback mediante, toda la secuencia de una visita que la hermana con su ex esposo habían realizado a Jasmine en Nueva York resulta incómoda: Jasmine, Hal y espectadores desean que la visita se termine. Nadie está cómodo ahí.

Es necesario hablar de Cate Blanchett/Jasmine. Probablemente junto a Sandra Bullock (en la magnífica Gravedad), más lo que se pudo ver del último tráiler de Meryl Streep, integren las categorías de Mejor Actriz en la temporada de premios que se aproxima. Queda cine por ver, las películas que se esperan laureadas se empiezan a estrenar por ésta época y hasta diciembre (en Estado Unidos), pero a menos que resulte un año por demás increíble para la actuación femenina Cate Blanchet pica en punta, con varios cuerpos de ventaja, para llevarse todos –todos- los premios. Lo único que tal vez podría restarle unos porotos (a los puristas) sea la semblanza de personajes entre Jasmine y Blanche (aquel histórico personaje escrito por Tenesse Williams para teatro, luego pasado al cine, en la archiconocidísima Un tranvía llamado deseo). Hay similitudes entre la obra y la película, las hay, pero transitan mundos, épocas y conflictos diferentes.

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¿Cuál es el conflicto de Jasmine? Su vida está adosada a la vida de alguien más, es alguien más (es la esposa de…) En ese sentido, aunque transite un círculo, cultura y ciudad moderna Jasmine es una mujer vieja. Sucede que cuando ese alguien más ya no está que Jasmine deja de ser, se cortó la parte a la que estaba adosada y su propia parte ya no tiene sentido: no existe (se lo podría corear una tribuna de fútbol). El quiebre nervioso, las alucinaciones, las inflexiones de voz, los ojos cansados, el desconcierto, los arrebatos de orgullo herido, el enfrentamiento con el engaño, las miradas a otro lado, las preguntas que se silencia, el despecho que desencadena todo…es una pequeña (si, pequeña) parte del mundo que Jasmine/Cate Blanchet ofrecen en la película.

Es claro que en una película de Woody Allen no hay un juicio moral final, tampoco es intención establecerlo en éste momento, pero la cámara mira lo que la historia cuenta y resulta difícil dejar de preguntarse por esas personas vacías que circundan nuestra sociedad (los tenemos al lado en un café o los cruzamos en el club). Aquellos incapaces de sentir un atisbo de la realidad de otros, que están exhaustos de atención a lo que pasa en la superficie porque mirar un poco por dentro podría desencadenar una ruptura insalvable. Me pregunto por esas mujeres que se casan con hombres para poder manejar un vehículo cuyo sello distintivo es una operación aritmética cuyo resultado no podrían sacar sin la ayuda de la calculadora del celular. Me pregunto por esos hombres, huecos de alma, donde retumba solo el latido del corazón vacío, que se casan con mujeres bellas con quienes transitar por fiestas, reuniones y acontecimientos sociales. Pienso en el día siguiente. Pienso en un hombre sentado a una mesa con la belleza al lado sin la menor intriga por preguntarle qué fue de su niñez, como se llamaba el primer niño al que besó, cómo sobrevivió al dolor de la primera pérdida que sufrió; pienso en una mujer conforme de estar con un hombre que nunca se comprometería con ese tipo de preguntas, que solo puede dar lo que vidrieras, ventanas y galerías tienen para ofrecer. Pienso en esa mujer, de repente sin nada, devastada, rodeada por la completa soledad de sus recuerdos, acechada por una realidad incapaz de confrontar…pienso en Jasmine. • Revista Cabeza

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