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Rebelión y pasión del cardenal enamorado

Por Omar Estanciero. 

 

-Chango santiagueño ¿cómo te llamas?

-Ricardo Gómez.

-No, eso no. Vas a ser Jacinto Piedra

Y Jacinto Piedra cantó hasta el amanecer.

grupo Obelisco

Una imagen casi inédita de Jacinto Piedra, empuñando una Gibson Les Paul. 

El apodo artístico con que lo inmortalizó Horacio Guarany, no fue suficiente para que el cantor de las mil y un madrugadas, asintiera en su ser el compromiso de encarar un proyecto de vida que lo uniera con el canto. Había algo más por que lucharla y así fue como Ricardo Manuel Gómez Oroná, concitó su atención en la música, porque  entendió que su revolución, debía ser transmitida de una manera pacífica, efectiva. Sin armas. Porque fue la voz su espada más segura y la palabra, el mensaje que luego se gestó en su ser para llegar a todas partes.

El niño cantor

De jovencito nomás, Jacinto mamó las mejores chacareras de su Tala Pozo natal, que tarde o temprano terminaron de mezclarse con los yeites de la eléctrica.

Ricardito, tenía 7 años cuando empezó a deslumbrar con su voz, y cantar en cuantos escenarios lo requerían. Pero no fue en Santiago, donde por primera vez, pulsaría una guitarra, sino allá en Morón, Buenos Aires, donde se radicó junto a su familia por un largo tiempo, agobiado de la falta de oportunidades laborales en Santiago. El desarraigo le pegó fuerte, pero nada mejor para un santiagueño que conocer a otro coterráneo, en la crudeza de un Buenos Aires donde había que hacerse de abajo. Cuenta el detallado trabajo biográfico escrito por Cecilia Rayen Guerrero Dewey, “Jacinto Piedra, que lo recuerden brillando”, que fue Graciela, la hija mayor de Carlos Carabajal, quien le enseñó los primeros acordes con la guitarra, esa que nunca más dejaría hasta el final de su vida.

Rock del pueblo

Eran los años sesenta, y nada hacia presumir que Ricardo, ya un adolescente, podía inclinarse al mundo del rock. Tenía 17 y no aún era conocido con el mote de Jacinto, cuando radicado en Morón, se dejó seducir por la inevitable efervescencia rockera, que atrapó a tantos jóvenes como él, con la sonoridad poética del flaco Spinetta, Charly García, y la renovada estética musical del tango, con Piazzolla.

Así fue como trasnochando en la urbe porteña, conoció a un tal Bam Bam Benítez quien tenía un proyecto llamado Obelisco, que se encuadró en lo que se denominaba como rock progresivo. Junto a Jacinto, estuvieron también los músicos Ricardo Navarrine en batería, Tomás “Chiche” Núñez en el bajo, y en guitarra base y voz, el propio Benítez. Todos eran de Morón, donde también vivía el cardenal santiagueño.

“Obelisco fue la primera banda de Ricardo, algo así como la escuela de la calle donde aprendió a moverse en manada. Los pibes sonaban y aunque lo legendario les quedaba grande, imponían respeto”, describe Cecilia Guerrero Dewey, biógrafa de Jacinto Piedra.

También Bam Bam Benítez, recordaría en su libro aquella experiencia: “Ricardo empezó a componer con audacia. Estaba enamorado de Spinetta, de Piazzola, de ese no sé qué que las piezas de estos tipos lograban y que él deseaba trasladar a sus composiciones”.

Pero Benítez, agrega otro dato revelador, al resaltar que “la primera canción con letra y música de autoría Jacinto se llamaba Reservados. En Obelisco, Ricardo punteaba con su brillante guitarra eléctrica negra, la Faim Les Paul”. La emoción duró lo que tuvo que durar, hasta que en 1975, Obelisco se disuelve y Jacinto siguió su ruta.

MPAJacinto Piedra y su etapa en Músicos Populares Argentinos.

 De vuelta a la esencia

Su vida de cantor enamorado y empecinado por cambiar la realidad de Santiago, le estallaba en las venas. Entre birra y merca, amor y fantasía, Jacinto vivía a mil, desparramando entusiasmo, haciendo nuevos amigos sin preocuparse de la fama que le proporcionaron Los Santiagueños junto a Peteco Carabajal y Juan Saavedra, y mucho antes MPA, con el inolvidable Chango Farías Gómez, el “Mono” Rubén Izaurralde, Verónica Condomí y Peteco, su amigo inseparable, con quien seguía viéndose a pesar de su breve etapa como solista.

Su canción fue valiente. Renegó del poder pero se alió a la propuesta de una candidatura política para poder conseguir movilizar el arte con la ansiada creación de escuelas, como solía expresarlo desde los escenarios, para tantos changos que como él, veían postergados su sueño de poder estudiar lo que amaban en su tierra. La suerte no lo acompañó.

En la madrugada del 25 de octubre de 1991 un fatal accidente automovilístico en el Paraje San Carlos (La Banda) puso fin a la vida del trovador santiagueño y con él, otras voces, otros cantores, tomaron su legado para proyectar sus ideales, tan vigentes como mucho de ellos irrealizables, quizás por la dureza de creer en lo que muchos aún no se animan: cambiar el mundo desde su propio lugar. • Revista Cabeza

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1 Comentario

  1. MUY BUENA NOTA, Y GRACIAS POR TENER PRESENTE A JACINTO. DESPUES DE OBELISCO, ME LLAMO PARA GRABAR EL DISCO EL INCENDIO DEL PONIENTE EN EL QUE TOCO LA GUITARRA OVACION DE CUERDAS DE ACERO. INOLVIDABLE.

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