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Los putos de la poesía

Por Juan Leopoldo Ramos

Los putos de la poesía
“…y la poesía cruel
de no pensar más en mí.”
Enrique Santos Discépolo

En el último Enero se podía encontrar sobre una pared de calle 25 de Mayo una pintada con la leyenda “Sin poesía no hay ciudad. Acción Poética Santiago del Estero”. Esto es curioso en nuestros días pero además esa tarde podía leerse, con intención de sobrescribir la leyenda, el denigratorio epíteto: “putos”.

¿Por qué “putos”? ¿Quiénes?

La leyenda pertenece a una suerte de movimiento tal vez organizado en el cual la tarea es hacer pintadas en las paredes con un uso del lenguaje poético, uno donde la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa, sea la posición.

Para situar más específicamente el tono general de la obra, otras leyendas son por ejemplo: “yo tampoco sé cómo vivir, estoy improvisando”, “si no tardas mucho, te espero toda la vida”, “antes de rendirnos fuimos eternos”, “yo me fui pero mi amor insiste”, “besame luego te explico”, “nada queda de mi después de este amor”, “encontrarnos en un sueño frente a frente”, “hoy es día de besarse”, “me doy el permiso de creer en mañana”, “¿qué le dirías a mi tristeza?”, “que la curiosidad sea más grande que el miedo”, “estamos a nada de serlo todo”, “te invito a sonreír, yo pago”, “el arte nace con tu mirada”, “sin ti yo no”, “la poesía es liberación”.

En este muestrario breve salta a la vista que las aspiraciones no son sólo poéticas o al menos no sus resonancias. Pivotes filosóficos y psicoanalíticos cobran una vibración extraña. Puesto que, como lo extraño originario en Heidegger, asistimos a cierta perplejidad del asunto cuando revisando la experiencia confirmamos que de lo que se trata es de palabras escritas sobre paredes a la vista pública.

En la época de los cientonosecuántos caracteres del ultrapopular twitter, en seguramente menos caracteres, esta gente está no diríamos revolucionando, porque es un término de suma vejez e impostura, generalmente, pero sí moviendo algo.

Es interesante la intencionalidad pública. El uso poético-filosófico está desafiado en su linaje histórico. El desocultamiento de estas formas contemporáneas del dístico o su traducción y escritura públicas sacan la poesía y la filosofía a la calle, como en el mayo francés se quería lo mismo con las estructuras levistraussianas, etc.

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Si esto representa un indicio de subversión, el gesto toma una forma más clara si acordamos que no sólo se publica sino se populariza. Ráfagas de Octavio Paz o Aristóteles o Juancito Pérez, qué importa quién habla, puestas sobre la mesa de la calle.

Se trastroca. Se traslada. Se muestra. Se desoculta. Las pintadas parecen querer reinvestir el espacio público con estéticas. Estética de las palabras. Estética de las ideas. ¿Por qué sólo inscribir un nombre propio, si qué importa quién habla? ¿Por qué hacerme mirar bajo mi apodo o el de la chica deseada si puedo ambiciosamente articular la escena pública con una provocación del amor como disposición de la construcción enlazada del mundo?

Esta es una de las tensiones que se juega: yo otro. Entre la belleza de mi ombligo y la belleza de una fiesta popular (Andrés C.). Entre el brillo de mi estampa y la llama entre los que transitan.
La cosa se movería entre el ascenso del narcisismo –muy acomodado, muy consciente, superadaptado al que asistimos hace unos 600 años por lo menos, agudizado hace unos 100 años, por lo menos– y su alteridad, en donde la polisemia del amor tiene “todavía tanto por decir”, según el soñante Gustavo C. Activar, enlazar, conmover.

Andrés M. dice “mírenla”, el lado del yo de esta tensión dice “mírenme a mí”, no a ella, menos a él. En estos tiempos esa cosa del niño y la niña de la intolerancia al criterio exterior se ve arreciar más allá de la edad, prescindiendo de ella. La afirmación del yo tal vez no haya conocido mayores niveles anteriormente, tal vez y por ello el paso al otro lado del hueco de esta dialéctica abriría una detención en este punto, una forma de reapropiar al responsabilidad del ser-en-el-mundo que tiene que vérselas con otro.

Ahí está, es otro. Del lado primero, habría que dejar para el tiro del final al otro, ese otro que es ni más ni menos que el rival del camino único. Del lado segundo, se propone invitarle un Finca Flichman cualquiera, mientras se discute la posibilidad del amor, porque sin él, sin ella no lo hay. ¿El “putos” se jugará aquí?

Otra tensión que se me antoja encontrar aquí es la que sigue: la apropiación de la estética como elite la apropiación de la estética como ruptura de su determinación por una repartición social de las formas de producción y su liberación transclasista. (Sería un fumadísimo título de ponencia de un supercongreso de impostadas ciencias sociales, o psicoanálisis)

En la lógica de elite, la Acción Poética sería una suerte de escatología. Un descenso horrorizante del uso de la estética palabrera que merece por lo menos la hoguera. En este lado de esta dialéctica encontramos a quienes optan por un uso excluyente de la poesía o de la filosofía al cernir las condiciones de su apropiación a un espacio más o menos virtual, escasamente simbólico, y se definen por la arquitectura del nombre propio, a cierto nivel, pero por sobre todo se definen por la pertenencia a cierta clase que en el fondo es social y en el frente es institucional, epistémica o gentilicia, entre otras seguramente posibles. El engranaje de la casta o la secta es el patovica de la entrada.

Su ruptura, del otro lado del hueco, marca un registro de lo abierto. Los changos y las chicas de la acción poética parecieron condicionar el acceso a la mesa sólo con el pasaporte de la lectoescritura. ¿Gente que se conforma con poco? El ingreso es casi free diría el tarjetero amigo y la ambición, con un ruido de magia, diría Luis Alberto –de pie por favor–, se deja trastocar en niveles incalculables al convidar a “mutilados, desnutridos, deformados, ojo de vidrio… marineros, maricones, embolsados” (Carlos G.) al éxtasis de la belleza de la palabra y de la idea, así sin mayúsculas, porque esta gente no quiere mayúsculas, carajo, sino firmarían a continuación. XD.

Una tercera tensión que propongo retoma ese ejercicio tenaz y milenario: la poesía es para los putos la poesía no tiene sexo.

Aquí los primeros hacen pasar la disponibilidad de la palabra y de la idea, embellecidas, repitamos, por un criterio que convoca la división sexual y eso no es todo, sino además carga sobre la figura masculina una definición del ser en la que la investidura estética del decir y del pensar sólo cabe para los falóforos bastardos, esa raza maculada que también, como arriba, merece la pira. El puto sería un desperfecto de hombre, por ello con pito, que estaría abierto a esas cosas de hembra que tratarían de las lágrimas y los abrazos, casi en fin de rosas sentimientos.

En esto el otro lado del hueco vendría a decir que la homosexualidad así como los straights o los bies y la poesía, sería como la clasificación del emperador chino en la ficción borgeana, es decir, una onda qué carajo tiene que ver una cosa con la otra. En consecuencia, en la Acción Poética no hallan en la ubicación en torno de la elección de objeto un criterio de acceso, permanencia y egreso del campo filosófico-poético. En esta línea, directa al infinito diría Luis Alberto en vivo –de pie por favor, otra vez–, este movimiento de un modo indirecto se jugaría por el lado de la afirmación del carácter histórico de los géneros y dejarían sin su suscripción la literatura, la poesía, el cine masculino/femenino (Jean Luc G.)

La gente de la acción poética no se pregunta de dónde vienen sus palabras, no lo señalan, tal vez violando sacros derechos de autor. Sin embargo, tampoco se preguntan por ni especifican a quienes dirigen sus leyendas. Están ahí, contra las lógicas de autor, de clase, de sexismo, colocando en la ciudad, junto a los perros, una variedad de dísticos poéticos y filosóficos, para proponer otra ciudad, con una voluntad estética y eidética, en fin extática, buscando tal vez un símbolo de paz como Carlitos G., proponiendo que nada está cerrado, que no hay que oxidar, que no hay que alejarse tanto, convocando la poesía que salve del mundo. • Revista Cabeza

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