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El robo

Por Ernesto Picco

El primer viejo parece ser el más despierto. Tiene cara de vivo. Él es el que luego estará a punto de descubrirlo todo. Tiene los ojos pequeñitos, picaros. Suelta las palabras una detrás de otra, y sin cuidado atraviesan sus dientes enormes y desparejos, que van coronados por un bigote blanco que se camufla en la palidez de su cara retunda y abombada.

El segundo viejo no se ve bien. Las pocas canas largas y gruesas que le quedan las lleva peinadas hacia atrás, con una elegancia inútil. Van ahí como si llevara una aguaviva de sombrero. Tiene el cuello y la nuca extensos, y las arrugas le caen por el costado visible de la cara como surcos de una tristeza que no ha terminado de irse. Por momentos, sus palabras llevan la misma carga. Habla como si arrojara las sílabas a la basura. Aunque lo hace lento, y casi sin ganas, siempre tiene el comentario oportuno. Lo hace de mala gana, agresivo, a veces soez, pero siempre en el momento preciso. Parece tener una chispa vieja, y que busca evitar que se note que aún la conserva. Es como si quisiera lucir abatido a propósito, como alguien que quiere decir “he vivido, esto es lo que queda”. Es el único al que luego se le sabrá el nombre.

El segundo viejo está sentado frente al primer viejo, del otro lado de la mesa. Estira por todo el respaldo del banco su brazo largo, que abriga en una camisa que le queda grande y abultada, como a todos los viejos. A su lado, rodeada por el brazo, está la mujer. Parece tener menos años que ellos, pero no muchos, apenas unos cuantos que seguro no hacen el lustro. A ella tampoco se la ve, pero habla tan fuerte como si estuviera aquí. Su cabello rozijo, de mucha peluquería, le llega hasta los hombros a los que cubre con un saco blanco que lleva apenas apoyado, sin meter los brazos en las mangas. Tiene la voz cavernosa de tabaco, y reacciona rápido. Retruca a los viejos cada vez que puede, sobre todo al primero, al más pícaro. El segundo viejo podría ser su esposo. Pero no lo es. Ella no lo trata como a su esposo. Pero se ve que él la quiere. Su abrazo largo parece querer alargarse más, y sus comentarios soeces que esconden aquella vieja chispa tal vez también escondan un cariño tácito, sin confesar, pero sabido por los dos.

El primer viejo tampoco es su esposo, pero a este se le nota a la legua. Le tira indirectas todo el tiempo, se inclina sobre la mesa cuando la provoca, y ella le contesta con audacia sin que se le mueva ni uno solo de sus rojos pelos. Quieta, e inconmovible, como una estatua de huesos. Su juego es el de un coqueteo sin horizonte, que no es para ellos, sino para los demás. Es la pose que adoptan. Luego, cuando el segundo viejo salga a fumar, se pondrán más serios.

El desparramo de platos, cubiertos, copas y servilletas, junto a las tazas de café, da cuenta de que los tres viejos comparten una sobremesa que ya se ha hecho larga. Del otro lado de la puerta de vidrio del bar, junto a la que están sentados, la gente ya sale a trabajar otra vez después de la siesta, protegida bajo paraguas negros de una lluvia gris.

Los tres viejos han comido arroz a la valenciana, el plato del día que se anunciaba con tiza blanca sobre el pizarrón negro de la puerta. Ella ha tomado te y ellos café. Parece que han venido antes, que conocen el lugar, y a la gente que anda por él.  

Están satisfechos tras la comida y ya han tenido uno de los primeros silencios, hasta que uno de los tres lo rompe:

-Podríamos ir a dormir la siesta- dice el primer viejo al aire, después de aquel instante sin hablar. Ella lo ve ya cansado. Pero eso es algo que a esa edad, dos viejos como ellos buscarán que sea lo último que se note. Entonces ella lo aviva con su voz ronca, pero impetuosa:

-Eso suena a propuesta indecente.

– ¿Y si te hago una propuesta indecente?- retoma él, clavándole los ojos pequeños y pícaros, inclinándose sobre la mesa como hace cada vez que la desafía.

-Sí, pero vos no me vas a pagar un millón de dólares-  retruca ella recordando la película, y quitándole la mirada hacia un lado. No llega a ser un gesto de desprecio, es un gesto que le hace temblar las arrugas del cuello, como un ave exótica que muestra sus plumas de colores para conquistar al macho.  

-No te voy a pagar un millón de dólares- contesta el – pero vos no sos Demi Moore.

-Y no, no soy esa- se defiende ella, volviéndolo a mirar -Demi Moore tiene todo postizo, las tetas postizas, el culo postizo…

-La concha postiza- interrumpe el segundo viejo, el de los comentarios soeces, que aparentaba estar distraído pero entra en la conversación con su voz apesadumbrada, como quien da una mala noticia.  

El primer viejo, que parece estar acostumbrado a los exabruptos del segundo, hace de cuenta que no lo ha escuchado, e insiste, inclinándose sobre la mesa otra vez:

-Es una propuesta humilde en realidad, pero vas a pasar una buena siesta.

-Veinte pesos dale- vuelve a decir con pesadez el segundo viejo, acompañando la propuesta tarifaria con un ademán de poca importancia.  

-Vos no sabes en lo que te metes- dice ella quieta, con sus pelos rojos inmóviles, seguramente clavándole la mirada y arqueándole las cejas, o bien con una sonrisa incrédula -Yo tengo mucha energía. Si me ponen una de esas bolsas de arena para golpear la tiro a la mierda.

Los tres se quedan estáticos. Uno pensando en esa imagen de ella tirando la bolsa de arena a la mierda, y el otro meditando sobre las cosas que es capaz de hacer una mujer con esa fuerza. El primer viejo se toca el mentón pensativo y lo mira al segundo, como si ella no estuviera:

-Vos la escuchas hablar y parece que fuera una mina de veinte, veinticinco. No sé qué se cree.

-Si- asiente lentamente el segundo, monosilábico.

-Llueve- dice ella en medio de un suspiro-Yo en realidad tenía ganas  de caminar.

Los dos viejos la miran con el mismo gesto de desconcierto en sus dos viejas caras, tan diferentes una de la otra. Es como si para ella analizar una propuesta indecente para la siesta fuera una alternativa tan común y corriente como una caminata. O simplemente como si hubiera estado pensando todo el tiempo en salir a caminar y no hubiera estado tan compenetrada como ellos dos con su picante conversación. No saben cual posibiliad les disgusta más.

 -¿Vas a caminar bajo el agua?- le pregunta el primer viejo echándose hacia atrás con un gesto casi de bronca.

­-Eso únicamente lo hacía en Londres- dice ella al pasar. Otra vez es como mostrar las plumas exóticas de colores. ¿Habrá vivido allí? Su rostro escondido parece ocultar una vida más interesante de lo que su pelo de peluquería y su saco común y corriente podían sugerir por sí solos.

-Eras una lady- le suelta el primer viejo rozando el piropo, auque piropear no sea su estilo -Yo te acompañaría, pero a mí las piernas ya no me aguantan.

-¿No te aguantan las piernas y me quieres hacer una propuesta indecente?- vuelve ella a la carga, y por primera vez se nota en el sonido áspero de las palabras que habla con una sonrisa en la boca .

-Eso no quiere decir que no me aguante el resto- se  defiende él, mostrando los dientes desparejos con orgullo.

Ella intenta explicar su punto:

-Bueno, pero las piernas son importantes para algunas cosas, para algunas maniobras. Son importantes para darse vuelta, para ir a un lado, para el otro.

-Yo voy de frente- interrumpe grave el segundo viejo otra vez, antes de que ella pueda continuar, como si no quisiera seguirla escuchando.

-Es como una marcha­- retoma ella, que es la que ahora hace de cuenta que no ha escuchado al segundo viejo, y continúa envalentonada -Hay que poner primera, despues segunda, tercera, a veces quinta…

-Me aburres- le dice el segundo viejo, haciéndose el ofendido -Me aburre tu cara.

-El que no se aburre es el joven de la mesa de enfrente- dice el primer viejo, hablando un poco mas bajo por primera vez. Se había ausentado un instante de la conversación mientras escudriñaba el bar hacia el fondo con sus ojos pequeños, mostrando los dientes inocultables -el pobre trata de concentrarse en sus cosas pero levanta la vista, después vuelve a lo suyo, después levanta la vista de nuevo y me mira otra vez.

Yo no esperaba que se dieran cuenta de que los estaba observando. Es como si se hubiera roto algo que había en el límite entre ellos y yo, y tengo ganas de dejarlo todo. De pagar la cuenta y levantarme e irme y no seguir adelante con el plan. No se suponía que me notaran, que me vieran. Ellos estaban en sus cosas, y yo en las mías, así iba a ser la mayor parte del tiempo. ¿Cómo iban a darse cuenta? Yo estaba tan pendiente, tan al acecho, que no pude disimular la forma en que los había estado estudiando.

Ahora soy yo el que hago de cuenta que no los he escuchado. Bajo la mirada y la clavo en mi plato también vacío, abandonado hace rato. Vuelvo a pensar si no habrá sido todo una mala idea. Si no debo dejarlo ya, y a otra cosa. ¿Quién soy yo para hacer lo que sin dudas ya he empezado a hacer? Espero con preocupación que me digan algo, que me pregunten algo. El segundo viejo me mira por sobre su hombro en un movimiento esforzado. Por primera vez le veo el rostro casi completo. Tiene el mismo aspecto triste y socavado que insinuaba su voz.

-Qué va a poder concentrarse si no hacemos más que hablar guarangadas- continúa el primer viejo -deja sus cosas para escuchar, y después vuelve a concentrarse. Se debe estar divirtiendo de lo lindo.

Yo sigo con la mirada baja, trato de hacerme el distraido. Agarro mi teléfono, paso los nombres de los contactos mientras hago de cuenta que veo algo importante.

-Pobre muchacho que no lo dejamos en paz- dice el segundo viejo mientras se empieza a levantar de la mesa con dificultad -me voy a fumar mi cigarrillo.

No estoy seguro si sólo hablan entre ellos o si lo hacen para que efectivamente yo los escuche. Para que yo sepa que ellos saben que los he estado observando. La otra posibilidad me da cargo de conciencia. Yo he estado sentado atento a ellos, urdiendo mi estrategia, y ellos tal vez se preocupan porque no me han dejado concentrar en lo que sea que crean que he estado haciendo.  

Me quedo quieto. Trato de no pensar, de enfocarme y de seguir con las cosas como estaban planeadas. Debo esperar un poco más. El segundo viejo es más alto de lo que parecía. Es flaco y espigado, y camina con la barriga hacia delante. Sale por la puerta de vidrio y puedo verlo encender su cigarrillo y caminar de un lado al otro, bajo el toldo del bar que lo protege del agua, que cae con persistencia.

-Es para cagar- le dice ella al primer viejo

-¿Qué?

-El cigarrillo. Es para cagar- insiste la vieja de los pelos rojos, como si se conocieran de años. Y de hecho es probable que así sea. Es probable que los tres se conozcan de años, que guarden historias, que aún conserven sus códigos de siempre. Que tengan sus pactos y sus secretos. Ahora que el segundo viejo se ha levantado de la mesa, los otros dos ya no siguen con su coqueteo de mentira.

-Me lo voy a llevar a Vargas a caminar- dice ella con la voz más seria, mientras revela el nombre del segundo viejo, aunque eso no signifique mucho. Lo señala con la punta de una de sus uñas cuidadosamente pintadas de rojo para hacer juego con el pelo, mientras él camina del otro lado del vidrio sin escucharlos a ellos. Parece más pequeño.

-Te lo vas a llevar a hacer otra cosa- le contesta el primer viejo, casi con celos, frunciendo como puede el ceño blanco y reblandecido por los años.  

– ¿Con ese? ¡No!- rebate ella

– ¿Vas a aceptar mi propuesta indecente entonces?- le pregunta el primer viejo. Esta vez, mientras se vuelve a inclinar sobre la mesa y habla mas bajo, parece hablar con seriedad por primera vez en la tarde. La vieja piensa que con su cara nunca se sabe.

-No, prefiero un flan- contesta ella, esperando provocar el mismo efecto de incertidumbre en él.

Afuera, Vargas da la última pitada a su cigarrillo cuando todavía le queda la mitad. Es como si hiciera todo sin ganas. Luego, todavía encendido y humeando, lo tira de un manotazo débil para hacerlo llegar al surco de agua que recorre toda la cuadra junto al cordón, y se lleva todo vaya uno a saber donde.

Cuando el segundo viejo abre la puerta de vidrio para volver a entrar, la siesta pega un coletazo caliente y húmedo dentro del bar. Mientras los otros dos lo miran, él se para frente a la mesa, y saca unos pesos de la billetera, que va a dejar debajo de uno de los platitos del café.

-Yo me voy al hematólogo- dice el segundo viejo

-¿Te tienes que sacar sangre?- pregunta el primero

-No, un control- responde el segundo, tan escueto como le es posible.  

­-Yo me voy a caminar- dice por enésima vez la vieja mientras busca algo en su cartera, y otra vez es como si hubiera sido eso lo que realmente ha ocupado su cabeza todo el tiempo. 

-¿Debajo de la lluvia?- vuelve a preguntar el primer viejo.

-Si- le contesta ella de nuevo

El primer viejo se queda pensativo otra vez. Es el único que no ha empezado a irse. Vuelve a la carga:

-Si él se va al hematólogo y vos te vas a caminar ¿Vos te vas sola? ¿O qué, acaso tienes un novio? Si tienes un novio yo me hago a un lado

-No es tu problema si tengo un novio- lo corta ella

El primer viejo se sorprende por la respuesta. Por su cara, piensa en qué pasa si realmente tiene un novio, y no se lo ha dicho a ninguno de los dos. Lo mira al segundo viejo, que sigue contando los billetes con los dedos temblorosos, y no le devuelve la mirada:

-¡A esta no la deben atender hace mil años!- espeta pensando en voz alta, ya sin mirar a nadie, como cuando dijo aquello de ir a dormir la siesta.

Yo ya he tenido suficiente estudiándolos. Este es el momento. Si ellos se levantan, entonces yo también. Me paro y empiezo a recoger mis cosas mientras los miro de reojo. El segundo viejo es el único que está de pie. Largo, y con la barriga hacia delante, como si estuviera manteniendo un débil equilibro que pudiera perder en cualquier momento.

Luego de recoger todo, hasta las servilletas en las que he estado haciendo anotaciones toda la siesta, tomo aire y me voy hacia la salida. Tengo que pasar entre ellos. Lo hago despacio, y cuando estiro una mano para abrir la puerta, el primer viejo, que me venía siguiendo con la mirada, me detiene:

– ¿No lo dejábamos concentrarse joven?

Yo cierro los ojos y aprieto los dientes. Pienso en que tal vez me puede haber descubierto. Trato de serenarme un instante y me doy vuelta para preguntarle mientras finjo mi mejor sonrisa:

– ¿Qué cosa? No le entendí….

Ahora me miran los tres fijamente. Yo estoy casi dándoles la espalda queriendo huir y no he soltado la puerta. Estoy aferrado a la salida y se hace un silencio que nos atrapa a los cuatro. El primer viejo espera otra respuesta irguiéndose y mirándome con su sonrisa desprolija. El segundo, todavía parado, me observa desconfiado otra vez por encima de los hombros, y la mujer, a quien por fin puedo ver a los ojos, esconde bajo las rugosidades de su rostro una belleza que sus dos amigos no han olvidado.

Parecen detenidos en una fotografía. La sonrisa desprolija, la mirada desconfiada, la belleza escondida. Me pregunto sobre el pasado que cargan esos tres, sentados en esa mesa de café. En sus historias, en sus fantasmas, en sus rituales. En que tal vez se encuentran en este café una vez a la semana, o al mes, o al año. Lo han hecho infinidad de veces, de eso no tengo dudas. Pienso en si en todos esos años Vargas estuvo alguna vez enamorado de ella y se hace el agrio para que no se note. Porque se moriría si se nota. Porque tienen esa amistad de años. Pienso si le costará guardarse ese secreto, o si no será tal cosa, y ella lo sabe y lo acepta así, y él también se entrega igual a esa amistad, queriéndola hace años sin decírselo, sin dar un paso más. Pienso en si esa es la tristeza que le surca el rostro. Pienso en si el primer viejo habla en serio o no. En si él también guardará un antiguo querer que se le escapa a veces y disfraza de bromas. En qué haría si la vieja un día deja de bromear y agarra viaje. Pienso en cuantos años puede durar el deseo. En cuanto tiempo pueden sobrevivir las amistades y los secretos. En cuando dejan de serlo, para ser otra cosa extraña, que se sabe que está ahí, pero a veces se olvida, como el sonido del viento. Pienso en ella, que sigue ahí, que se deja querer como ellos la quieren, y que es la que mantiene el equilibrio entre los tres. Pienso en qué hago yo yéndome como lo hago por esa puerta, pienso en mis planes.

-Sepa disculpar a mi abuelo- dice el primer viejo señalándolo al segundo, con los dientes más salidos -está un poco gagá y a veces es un poco guaso.

-En realidad yo soy su sobrino- dice Vargas, siguiéndole el juego.

-Y yo soy la tía abuela- se cuela la vieja, señalándose el pecho con sus uñas rojas.

Al escucharla bromear, Vargas sonríe por primera vez en la tarde, las arrugas se le mueven como manchas de tinta en el agua y le cambian la forma de la cara. El primer viejo lo mira y se ríe también y ahora ya no me miran a mí. Se miran entre ellos, compartiendo carcajadas cómplices, alguna que termina en tos y en una palmada en la espalda. Sólo ellos sabrán en qué piensan, o de qué historia se acuerdan.

Yo los saludo, sin decirles nada más y me voy con un poco de culpa. No saben que les he robado. Me escapo por la puerta despacio, sabiendo que me he salido con la mía, apretando en el bolsillo las servilletas llenas delas anotaciones sobre su conversación. Los tres viejos se han quedado riéndose, y no saben que me he llevado su historia. • Revista Cabeza

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4 Comentarios

  1. Ernesto siempre tan perspicaz, siempre con el detalle, con un lenguaje de calle, real de sintaxis larga, descriptiva y una narrativa que juega con un tiempo y espacio infinito, genial, como una novela teatralizada. Un genio, te quiero y te admiro.

  2. Celebro el acto por el cual, un joven, uno de los que yerguen el carácter promisorio de eso que llamamos nuestra generación, y que la Cabeza hinca ab origine, inviste la senectud.
    Cual un Haneke, un Cotezee, un Salvarezza, puede decir q cdo nos corremos de la era Das Kapital, hay en esa edad, una Fuente, Aronofskyana, donde los viejos nos pintan la cara.
    Salud!

  3. Me cautivó el cuento, su lectura rápida, su facilidad descriptiva, su lenguaje cotidiano, sin palabras modelo. Hace mucho tiempo que un texto no me atrapaba de esta manera…

    Un groso, profe.

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