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Mi chica maquiavélica

Por Pupi Quiñones

Amo a mi chica maquiavélica. Y a sus huellas dactilares presionadas una contra otra formando una perfecta simetría, como si esa intricada trama, que sin sustento alguno osa fabular, se estuviese gestando en el frío refugio de sus manos y no en su infatigable cabecita.

Si crimen o pecado, si acción u omisión, mi recién desempolvada moralina sólo atina a abofetearme para continuar inmediatamente con la mirada al techo y entonando un noble aunque vago silbidito. Atónito y turbado, no puedo evitar sentirme tan miserable. Miseria que se traduce en una introversión digital que mi entorno no tarda en percibir.

Mis primeros reflejos son dormir sin descanso y lucir en exclusiva una dejadez tan particular que promete la gestación de una nueva tribu urbana. Pero aquel bucle característico de flagelos y estigmas sociales a los que mi estética deplorable y pitialvarea me condenarían se ve opacado por la monotonía evidente de mi apariencia actual y emulada, en contraste con la típica y natural que con tanto mérito cultivé a lo largo de mi corta (¿?) vida (¿?). Espectáculo digno de Tim Burton que, no obstante, derivó en valiosos aportes al idioma como los refranes que se usan a diario en mi honor. Si árbol caído soy, voy a empezar a arder desde la oreja… ¡’chasumadres!

Todo resulta como llorar en la lluvia (…) Con la diferencia de que la escasez de lluvia condiciona mi brote lacrimal al punto de no saber por qué carajo estoy usando esta metáfora trillada.

El tiempo pasa y, a pesar de haber moldeado turcamente mi persona en cuestiones tan vitales, de la vida, claro, no he conseguido sacar tajada aún de la situación. He caído ingenuamente en la tentación de seguir la corriente y mostrarme igual de inmerso en la odisea del desamor, pero mi performance ha sido tan sobresaliente que sólo he conseguido desbaratar ese acercamiento físico que mi estrategia actoral, como quien no cosa la quiere, se había fijado como meta, mierda. ¡Meta, mierda! Pronuncio así más aún la brecha geográfica que hizo de esta relación imposible ya de muy endenante. Por demás, oh!

Sin ánimos de mancillar mi relato, comparo los casi diez años que cumplo en una carrera que atenta contra lo escaso del salvataje cultural que heredé de mis padres, con estos casi cuatro años que llevo como alumno regular de la “Guillermo Yaquespeare” y es cuando decido hacer la de Luis Fonsi y reniego de mi poca perseverancia. Ahora que me acuerdo, no hice la Confirmación…

Pero reconozco haber aprendido algo y no sé cuanto duren sus ciclos académicos, pero he aquí la piedra angular de mi tesis:

He notado, después de la cantidad limbar de frentazos de los que fui protagonista, que mientras más frecuentes y épicamente bélicos son nuestros desencuentros, más pasionales y rebosantes de divinidad son nuestros encuentros. Dicho misticismo es fuertemente sponsoreado por la abundante producción de mis glándulas salivales. Suplico que tal manifestación fisiológica no sea objeto de subestimación, pues no acostumbro babear sin justo menester.

Es notoria también la forma en que esto contrarresta la ovomegalia que, casi de manera alérgica, sus lacerantes argucias generan. Enfermedad y cura, necesito de sus besos antiofídicos para recuperarme de su toxicidad. He convertido con éxito mis mañas en rebusque ecológico para volver a apoyar mi sien en su pecho y lucir orgulloso, cuan trofeo, el mechón levantado. Patrón bipolar y cíclico que es avalado nada menos que por la vida misma. Y “who am I to disagree?” (Annie Lennox, filósofa contemporánea)

Si hasta de yapa ha inspirado las humildes líneas que, si Ud. me permite, me dispongo a escribir a continuación:

Amo a mi chica maquiavélica. Y a sus huellas dactilares presionadas… • Revista Cabeza.

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