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Oscars 2018: La mirada premiada

El domingo se entregan los Academy Awards en su edición número noventa y Pedro A. Gómez nos acerca una mirada imprescindible a las películas que fueron nominadas en la terna de Mejor película. Todas ellas ya fueron estrenadas en nuestro país.
por Pedro Arturo Gómez
LLÁMAME POR TU NOMBRE (Call me by your name)
Luca Guadagnino, 2017

El cine ha contado algunas de las historias de amor más memorables de la ficción romántica. Drama, pasión, intensidad erótica, arrebatos de la fractura de miocardio, ternura, la ronda y los estallidos del deseo, todas esas sustancias de la gran tradición del romance amoroso, más la belleza y la sensualidad en su mayor diafanidad están presentes en este deslumbrante relato cinematográfico -adaptación de la novela de André Aciman, con guión de James Ivory- de un amor disidente, el amor que surge entre Elio -un adolescente luminoso y a la vez atravesado por sinuosos claroscuros, extraordinariamente encarnado por Timothée Chalamet- y Oliver, un hombre joven, de cautivadora e incisiva presencia, interpretado con precisa vitalidad por Armie Hammer. Ambos se encuentran en un verano (sí, por supuesto, resuenan ecos de Verano del ’42), en los tempranos años ’80, en algún lugar de la dorada campiña del norte de Italia, y de a poco son absorbidos por el torbellino de un amor que es caída y ascenso, pasaje y transformación, conocimiento y reconocimiento.
La narración, en un sobrio modo clásico, fluye trazando un paisaje donde se enlazan el éxtasis veraniego de la naturaleza, los temblores de la pasión amorosa y referencias a la sensual aura del arte grecolatino, en una atmósfera cada vez más impregnada por la densidad de los sentimientos, totalmente liberada de cualquier regodeo con la explotación de un “amor prohibido”, en compañía de una suntuosa banda de sonido que incluye a emblemas del pop musical de los ’80 (Giorgio Moroder, The Psychedelic Furs, euro-románticos trash aquí reivindicados…), Bach, Ryuichi Sakamoto y deliciosas composiciones originales de Sufjan Stevens, entre otras gemas. Una gran historia de amor, contada con exquisita sensibilidad y estremecedora belleza.
Además está nominada a: mejor actor principal (Timothée Chalamet); mejor canción original.
¡HUYE! (Get out)
Jordan Peele, 2017

La raza negra es la raza superior, ante lo cual hay que asimilar a sus exponentes apoderándose de sus mentes y cuerpos. Ésa es la premisa detrás de las máscaras de la gentil corrección política de los blancos en este eficaz cruce entre ¿Sabes quién viene a cenar? (Stanley Kramer, 1967) y Las esposas de Stepford, la novela de Ira Levin (autor de La semilla del diablo / El bebé de Rosemary), también llevada al cine unas cuantas veces. Con precisas dosis de humor, suspenso y terror, el joven director Jordan Peele le insufla -en ésta, su opera prima- aires renovados al género, apoyado sobre todo en la sobresaliente actuación de Daniel Kaluuya.
Además está nominada a: mejor actor principal (Daniel Kaluuya); mejor director (Jordan Peele); mejor guión original (Jordan Peele).
TRES ANUNCIOS SOBRE UN CRIMEN (Three billboards outside Ebbing, Missouri)
Martin McDonagh, 2017

Lo mejor de estos Tres anuncios es el viraje que la película pega a contramano de lo que en el inicio pinta como la espesura de un drama a lo Manchester By The Sea, para tomar el rumbo de una comedia de humor negrísimo que satiriza las zonas más oscuras de la Norteamérica profunda, con un tono cercano al de los hermanos Coen, pero sin caer en la afectada misantropía de éstos.
La tragedia de una madre que reclama justicia por la violación y asesinato de su hija ante la desidia de la policía es el escenario donde desfila el bestiario humano de un estrecho pueblo estadounidense, con su repertorio de miserias, prejuicios y padecimientos. Entre erupciones de violencia desaforada y cómico grotesco, aflora la desmesurada fortaleza del temple que compone con grácil fiereza la extraordinaria ‎Frances McDormand, acompañada por los no menos extraordinarios desempeños de Sam Rockwell (soberbio en la composición del feroz patetismo de su personaje) y Woody Harrelson, un sheriff sin mayores atributos que su sufrida bonhomía. Artillería pesada –aunque destilada con la inteligencia de un humorismo dotado de exacta corrosividad- contra las lacras del sexismo, la homofobia y el racismo, Tres anuncios… se interna sin corrección política en las tinieblas de una comarca del american way of live.
Además está nominada a: mejor guión original; mejor actriz principal (Frances McDormand); mejor actor secundario (Woody Harrelson y Sam Rockwell); mejor edición, y mejor música original.
LADY BIRD
Greta Gerwig, 2017

Escenas de una rebeldía juvenil vertidas en viñetas tragicómicas de la vida de una adolescente (Saoirse Ronan) de la deprimida clase trabajadora estadounidense, estudiante en un colegio católico, que se resiste a los determinismos clasistas dispensados por su madre (Laurie Metcalf). Precisamente, el punto fuerte de esta amable comedia dramática está en la fuerza de las actuaciones desplegada sobre todo en la confrontación entre la joven autodenominada “Lady Bird” y su progenitora -agobiada ésta en todo momento por las exigencias laborales y los padecimientos económicos- y en la interacción de Lady Bird con la galería de personajes que componen su entorno estudiantil, de amistades y de accidentados intereses sentimentales.
Con sus pinceladas de diálogos filosos y el vigoroso encanto de su personaje central, ésta es un pintura simpática aunque algo superficial del final de una adolescencia que excede la horma de un ecosistema social norteamericano.
Además está nominada a: mejor actriz principal (Saoirse Ronan); mejor dirección (Greta Gerwig); mejor guión original (Greta Gerwig).
DUNKERKE (Dunkirk)
Christopher Nolan, 2017

Con toda su fuerza épica y dramática, esta crónica cinematográfica de la evacuación de los soldados ingleses del puerto y playas de Dunkerque durante la Segunda Guerra Mundial vale sobre todo por la potencia de la experiencia de inmersión sensorial que ofrece. Historia de catástrofe y supervivencia que va desarrollándose sobre una compleja estructura narrativa manejada con hábil solidez y estremecedora magnificencia audiovisual.
Además está nominada a: mejor dirección (Christopher Nolan); mejor fotografía; mejor edición; mejor música original; mejor producción; mejor edición de sonido, y mejor mezcla de sonido.
LA FORMA DEL AGUA (The shape of water)
Guillermo del Toro, 2017

Una cierta tendencia del cine de Hollywood se manifiesta en la nostalgia por una era más inocente de la fábrica de sueños. Esta proclividad se pone en evidencia en algunas producciones recientes, que apelan al musical, un género promotor del optimismo que suspende el sentido de realidad para hallar armonía aún en la desgracia, porque hasta las desgracias pueden ser bellas a fuerza de baile y canto. No es el caso, claro, de la frenética desmesura postmoderna de Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001), pero sí es el sentido de un film como La La Land (Damien Chazelle, 2016) que actualiza las claves del cine musical clásico. Este mismo gesto se hace visible en La forma del agua, pero aquí con el insistente apego a la imagen de los viejos musicales trasladados en blanco y negro a la pantalla televisiva de comienzos de los ’60, cuando la televisión comienza a arrebatarle al cine la popularidad masiva.
Esta referencia a una de las llamadas “muertes del cine” suma sus estampas de afligida añoranza a esta historia trazada en torno a la figura del monstruo como remanida metáfora de la persecución que sufre aquello que se aparta de los cánones de la normalidad. Este valor alegórico está remarcado aquí hasta el paroxismo por la ubicación del relato en los Estados Unidos de la guerra fría, el romance entre el humanoide marino y una humilde mujer latina encargada de la limpieza en un laboratorio militar (nótese: el amor entre un desclasado por naturaleza y una deprimida social), condimentado con permanentes alusiones a la segregación racial en las palabras y acciones de ese otro monstruo en verdad más monstruoso que es un perturbado agente al servicio del ejército, con personajes secundarios que hacen explícito el sojuzgamiento sufrido por afroamericanos y homosexuales… Todas estas piezas componen una volátil galería de lugares comunes ilustrados con ese esteticismo sobrecargado de Guillermo del Toro que ha ido derivando al trazo grueso, como lo demuestra el recurso sin mayor vuelo de la indumentaria roja para representar el despertar de la pasión amorosa.
Fábula melancólica y trágica, bella sí, pero donde la belleza no sólo es gratuita sino trillada, instrumento de una historia atrapada en la ostentosa explotación de sus bienintencionados estereotipos. El amor entre el monstruo -sí, el diferente perseguido- y la limpiadora de pisos latina, muda (¿por aquello de que los subalternos no tienen voz?) y de nombre “Espósita” (sí, de expósito destino), secundados por marginada mujer negra y marginado hombre gay, en el marco de las persecuciones de la guerra fría y de la crisis del cine clásico destituido por la televisión… sí, Guillermo, sí, entendimos.
Además está nominada a: mejor guión original; mejor dirección (Guillermo del Toro); mejor actriz principal (Sally Hawkins); mejor actor secundario (Richard Jenkins); mejor actriz secundaria (Octavia Spencer); mejor vestuario; mejor fotografía; mejor edición; mejor música original; mejor producción; mejor edición de sonido, mejor mezcla de sonido.
LAS HORAS MÁS OSCURAS (Darkest hour)
Joe Wright, 2018

Contraatacar o rendirse, esa es la encrucijada de Winston Churchill, recién llegado al cargo de Primer Ministro británico, ante el aplastante avance del ejército nazi en territorio europeo, mientras a contrarreloj trata de hallar un modo de rescatar a las tropas inglesas de la bahía de Dunkerke. Éstas son las horas más oscuras, en mayo de 1940, que narra la película de Joe Wright (el director de Orgullo y prejuicio y de Anna Karenina) con ingenio visual y firme propósito de inyectarle dinamismo a los debates públicos y privados precipitados por las aflicciones de una guerra que parece hundirse en la derrota.
Los diálogos tienen una efervescencia vodevilesca y el humor chispea a cada rato, lo cual aligera y le da vivacidad a esta de lección cinematográfica de historia cuyo eje es la interpretación de Churchill que construye Gary Oldman, en un prodigioso ejercicio de actuación que va más allá de las muchas capas de maquillaje que lo recubren. Entre el chisporroteo de las ocurrencias del temperamental y pantagruélico político (la desbordada adhesión de Churchill a la comida y la bebida es parte de su genio y figura), sobresalen sus tensas conversaciones con el rey George VI magníficamente interpretado por Ben Mendelsohn (el talentoso actor de la serie Bloodline).
La arrogancia imperial británica, arrinconada por el infierno bélico, halla en el film una imprevista fuente de revitalización en un episodio al borde de lo inverosímil – “populista” lo tildarían los intelectos ociosos abonados a esa etiqueta- cuando el aristocrático Churchill se aventura en un viaje en metro y se encuentra allí con la voces y la razón del pueblo, los ciudadanos de la working class, combustible para los motores del orgullo patriótico capaces de alumbrar la oscuridad del momento. Vehículo que al parecer llevará al fin a Gary Oldman hacia un Oscar, Las horas más oscuras funciona además como un buen complemento de la también nominada (y por lejos superior) Dunkerke, de Christopher Nolan.
Además está nominada a: mejor actor principal (Gary Oldman); mejor fotografía; mejor vestuario; mejor maquillaje y peinado, y mejor producción.
THE POST (Los oscuros secretos del Pentágono)
Steven Spielberg, 2018

Los llamados “Papeles del Pentágono” son documentos del Departamento de Defensa de los EE.UU con 7000 páginas en 47 volúmenes que ponen en evidencia la política imperialista norteamericana de intervención en Vietnam, entre 1945 y 1966, período durante el cual sucesivos gobiernos demócratas y republicanos mintieron sistemáticamente sobre acciones que provocaron la muerte de millones de vietnamitas y decenas de miles de norteamericanos. The Post cuenta la historia de cómo esos documentos fueron filtrados y publicados en 1971, en pleno mandato de Nixon, primero parcialmente por el New York Times y luego -tras la orden gubernamental que detuvo esas publicaciones- por el Washington Post, que enfrentándose a presiones políticas y económicas continuó y completó ese trabajo revelador.
Está claro que el conflicto central es la colisión entre los intereses ocultos del poder político y la libertad de prensa que lleva a hacer públicos esos secretos y mentiras, con los riesgos y presiones que ello implica en la cada vez más enrarecida tensión entre Gobierno y periodismo. No cabe duda que Spielberg romantiza la historia, pintando a la institución periodística como enérgico paladín defensor de la democracia, no sin sus vicisitudes como las que hacen al lastre económico o los vínculos e identificaciones de periodistas con tal o cual representante político o administración, pero siempre capaz de imponerse heroicamente a esas tribulaciones, con lugar también para apuntes sobre la condición de la mujer en el campo periodístico de la época.
Después de una primera media hora algo árida en la que se muestran las gestiones de la dueña del Washington Post, Katharine Graham (Meryl Streep), para asegurar el apoyo de inversores para su diario, el relato fluye y crece en suspenso, mostrando las zozobras, debates y choques provocados por el dilema de publicar o no esa documentación, trama que tiene en su núcleo a Graham y al editor en jefe Ben Bradlee (Tom Hanks), dentro de un marco donde se dejan ver las apasionantes entrañas de la maquinaria de producción de la noticia, con las herramientas y los oficios de una época en la que reinaba el periodismo impreso. Conduciendo con pulso filme la linealidad de su narrativa clásica, sobre el camino trazado por el guion de Josh Singer (co-guionista de otra galardonada odisea cinematográfica del periodismo basada en hechos reales, Spotlight), Spielberg logra una de sus mejores películas, sin renunciar a su obnubilado idealismo que en este caso exalta los valores de la prensa en las democracias liberales.
El epílogo –con total coherencia narrativa e histórica-reserva un guiño que alaga la memoria cinéfila al enfocar de noche las oficinas del edificio Watergate, mostrando la misma situación con los mismos planos de la apertura de Todos los hombres del presidente (All The President’s Men), aquel magnífico film de 1976 de Alan J. Pakula que narra el enfrentamiento final del Washington Post con Nixon, cuando las investigaciones de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein precipitan el escándalo que desembocaría en la caída del mandatario. Un gesto de filiación hacia la tradición del cine de hazañas periodísticas que adquiere un particular sentido en tiempos de Trump y postverdad.
Además está nominada a: mejor actriz principal (Meryl Streep).
• Revista Cabeza
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