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Duermevela

por Marina Orieta

La historia no se repite siempre del mismo modo. Habrá tumba para Santiago Maldonado como no las hubo para otros tantos. Extraño privilegio en la historia Argentina contemporánea.

En otras épocas, supongamos la colonia, cuando todavía la Patagonia estaba habitada por aquellas sociedades de la abundancia que eran los mapuches y tehuelches, importaba para el hombre, para ciertos hombres, saber morir y la vecina que llegaba al funeral no le preguntaba a la viuda cómo había sido su vida sino, cómo murió? Un ejemplo extremo era el condenado en el patíbulo y la horca en la noche de piedra colonial.

En la época del fin de la televisión las relaciones entre espectáculo, castigo y prevención en la justicia penal parecen no haber cambiado tanto. Salvo en algunos puntos. No toleramos la muerte cerca nuestro.

Castigo, espectáculo y prevención eran la misma cosa y hacía a este mecanismo penal de las monarquías el eslabón más fuerte y al mismo tiempo el más débil de su poder.

El condenado -supongamos un funcionario condenado por malversar fondos públicos- podía, tenía el derecho de, emitir un discurso que si era eficaz lo transformaba súbitamente de villano a héroe. Ese milagro de ultimo momento dependía, por un lado, de rebatir, casi con la soga al cuello, los argumentos de la condena recibida y, por otro lado, de la capacidad que el condenado tenía de transmitir que aceptaba la muerte, que reconocía sus culpas y que se entregaba manso a la expiación de su alma si esa era voluntad de Dios.

El espectáculo de la muerte ejemplar tenía sus riesgos al mismo tiempo que era la tortuga sobre cuyas espaldas se sostenía ese mundo.No fueron pocas las ocasiones en que el pueblo convencido, transmutaba la valorización de condenado a absuelto y podía ocasionar, si no se acataba el nuevo veredicto –que cuestionaba, nada menos que el punto alto del poder, el del Rey-, una revuelta o sublevación.

La historia se repite siempre, de modo diferente. En la época del fin de la televisión las relaciones entre espectáculo, castigo y prevención en la justicia penal parecen no haber cambiado tanto. Salvo en algunos puntos. No toleramos la muerte cerca nuestro. Por eso sacamos los cementerios de los centros de las ciudades, los pusimos lejos de las catedrales centrales como ocurría en aquellos tiempos en que la verdad de un crimen se mellaba sobre las tablas del cadalso.

La historia retorna, por otros caminos. Entre aquel tiempo y éste ocurrieron, entre otros infinitos acontecimientos, los campos de concentración organizados entre 1976 y 1982. Esa industria de muerte no necesitaba de funerarias ni féretros. El espectáculo estaba ahora en el misterio (para quien no era el cuerpo castigado), y el rumor de los estragos aumentaba los caracteres de la prevención.

El desaparecido, ya se ha dicho, es un sin tumba. Santiago Maldonado mutó en setenta y nueve días de desaparecido en aparecido. En esa transformación no intervino ni el pueblo ni el condenado. Ni discurso del patíbulo, ni contrapoder inmediato del pueblo.

Santiago Maldonado mutó en setenta y nueve días de desaparecido en aparecido. En esa transformación no intervino ni el pueblo ni el condenado. 

El poder, que ahora esconde sus propios mecanismo –más cercanos al submarino complot que al burro-, produjo la metamorfosis del cuerpo y nos entrega el puro espectáculo inmovilizante en procura de la piedad del espectador. La piedad, como sabemos desde que los pañuelos marchan, no hace contrapoder, es decir, justicia.

La historia no se repite siempre del mismo modo. ¿Qué pasa con el fantasma de un desaparecido? ¿Sabrá el espectro quien es, cuando se alza desde el fondo del sepulcro, y no puede leer su nombre en el epitafio? ¿Podrá reconocer a sus vivos, a quienes tiene que dar el mensaje?

La tumba permite recordar y olvidar. Detiene el rumiar insomne sobre un cuerpo que cuando no aparece asedia como un ánima irredento y desconsuela hasta el ahuecamiento sin permitir olvidar a los vivos.

Interrumpo mi sueño ya de por sí inquieto, estoy frente a la tumba de Santiago Maldonado, pienso en su familia, y pregunto ¿cómo vivió?.

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