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Hacer frente a la oscuridad

por Pablo Galván

Walter nació en Frías y, antes de empezar a hablar, todavía con la teta de su mamá en la boca, se vino para Santiago. Andrés, su viejo, era ludópata. Myriam, su vieja, era empleada doméstica. Un día, harta de llegar a casa y ver que, otra vez, el viejo había vendido todo para pagar deudas de juego, decidió irse para siempre. Chau Frías, dijo, sin ninguna culpa.

A otra cosa mariposa.

La escena es la siguiente: una mujer sola, con un bebé reciénnacido en brazos, yendo a una ciudad desconocida. Tener huevos —ovarios— es eso: hacer frente a la oscuridad.

En Santiago, vivieron en unas cuantas pensiones de diferentes barrios. Todas muy chiquitas. De la última que visitaron, Walter tiene una marca en la pierna izquierda. Como no había lugar para nada —apenas una cama y un ventilador entraban ahí—, la vieja estaba planchando sobre la cama y él, sin quererlo, apoyó su piernita en el metal caliente. Fue su primera parada en el hospital. Con sólo once meses de vida, ya conocía varios lugares: dos ciudades, algunas cajas de zapatos, también conocidas como pensiones y, ahora, la guardia de un hospital. Es el tipo de experiencias que sólo tienen los pobres: los espacios siempre son modos de resistencia.

Se fueron a vivir a Loreto. Luego, pasaron una temporada en Sumampa. Después, cayeron en Árraga e, incluso, vivieron un tiempito en Fernández. Siempre en casitas alquiladas, que no eran pensiones pero eran igual de oscuras y diminutas, como vivir en una ratonera. Así, desde muy chico, Walter se acostumbró a la proximidad de los cuerpos, a la asfixia, a la sofocación: cosas fundamentales para la vida adulta.

En la plaza de alguno de los pueblos en los que vivieron, su vieja conoció a Lucas. Fue su culpa: vivía pidiéndole salir para ver algo más que las cuatro paredes de todos los días.

Entonces, fueron a parar a la casa del muchacho. Sí, era más grande y cómoda que las madrigueras en donde habían vivido. Incluso tenía un patio con césped más o menos verde. Pero enseguida aprendieron que eso no es suficiente para vivir feliz. Uno se da cuenta si está en el cielo o en el infierno, no por las características del lugar, sino por la compañía, los que están al lado tuyo. Resulta que el tipo no tenía la mínima idea de lo que era el respeto y se la pasaba golpeando a todos. En esa época, se multiplicaron las visitas al hospital.

Por él, por su mamá. Entendió el verdadero significado de esa frase que no le dejaban decir en voz alta: “reverendo hijo de mil putas”.

Y así terminó la primaria.

Su paso por la secundaria no fue mucho mejor. Iba a una escuela técnica: todos varones. Como para que te des una idea, la piba más linda era la ordenanza que hablaba sola. Pero en cuarto año, ya cansado de mirar el techo de su pieza, fue hasta la pequeña biblioteca de la casa, un lugar al que nunca había dado bola. Agarró un libro chiquito, de tapa negra. No es que fuera dark o algo por el estilo, pero se hacía el misterioso y creía tener mucho camino recorrido. Era Operación Masacre, de Rodolfo Walsh.

Los momentos más grosos de la vida son aquellos en los que uno por fin encuentra algo. Él no había encontrado un libro, había encontrado a la literatura. Y no fue casualidad que eso haya sucedido en la casa que tanto odiaba.

¿Por qué, si la literatura es algo tan piola, algo que a él le permitió zafar de la vida real, en la escuela la enseñan como si fuera una mierda insoportable? ¿Por qué nos hacen odiar el instante en el que se nos cruza una página escrita? Ahí, cuando terminó de leer el libro, decidió que iba a hacer algo para cambiar eso. Fue en ese momento que supo que sería profesor de lengua y literatura. Pero apenas estaba en cuarto año, todavía le quedaban un par de años para realizar su sueño. Pero al menos ya había encontrado algo: un nuevo comienzo.

• Revista Cabeza

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