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Je suis Gaijin. Todos lo somos.

por Ignacio Ratier

Gaijin
de Maximiliano Matayoshi
Odelia editora, 2017

Involucrarse con la escritura, y hacer de ella un estilo de vida, implica algunos riesgos. Uno es el de caer en la más peligrosa de las obsesiones literarias, la de hacer algo distinto. El principal problema, en ese caso, es que el acto creativo vive necesariamente del choreo, y esa base ontológica altera los planes de los iniciáticos. Escribir para sobrevivir y hacer del mundo un lugar más soportable, trepando los muros que erigieron las lecturas de Borges, por ejemplo, puede llegar a resultar lo mismo que caminar descalzo entre los vidrios.

Borges, para muchos el escritor más importante de este país (de la patria helénica que soñó Lugones, seguro), era capaz de escarbar en lo más hondo del alma, de llegar a lo más recóndito. Pero también tenía vicios. Uno de los achaques más comunes surgen a partir de la costumbre del autor de Ficciones de aditar adjetivos excesivamente calculados en frases que enuncian ideas excesivamente profundas. El “arruinaste el momento” que todos hemos recibido por inoportunos. Porque si algo de esa trama jeroglífica que es la obra de Borges es transparente para cualquiera, es la cantidad incalculable de horas de indecisión invertidas en cada detalle. Eso es lo que Gaijin, la novela consagratoria de Maximiliano Matayoshi a través de la fluvialidad de su prosa, oculta magistralmente.

Matayoshi nació en Buenos Aires en 1979. Se educó y comió (casi siempre) en la democracia, y como la mayoría, aún sigue buscando la cura. Forma parte de una generación que irrumpió en los tempranos 2000. Comenzó a escribir Gaijin a los 20 años. En 2002 se presentó en el concurso UNAM-Alfaguara, certamen mexicano en el que su novela se llevó el primer premio. La editorial Odelia decidió apostar a su tardía inserción en el mercado local y la publicó recién ahora, pasados quince años de que recibiera la distinción. Gracias a los amigos de Odelia.

Gaijin es, desde el principio, una novela triste, con aroma a arrabal en otoño. Pero también es hermosa. Inicia en el Japón de la posguerra, entre sus escombros y miserias. Kitaro, su protagonista, es un jovencito de 13 años que ha perdido a su padre y vive con su madre y su hermanita menor, Yumie. Las primeras escenas de la historia discurren entre la escuela y la casa, un hiato en el que, como las arañas, teje sus andanzas más felices, que luego lo acompañarán en el viaje que le depara. Los recuerdos, en la historia, actúan implícitamente como un conjunto que produce constantemente el llamado al regreso, alarma que Kitaro nunca desoyerá a medida que se aleja de sus seres queridos.

Por la vida del adolescente sobrevuela el fantasma de la desesperanza. Las raciones diarias de comida son ínfimas y todo lo deben compartir con el debido cuidado de dejar lo suficiente para su pequeña hermana. Se sabe que de alguna forma saldrán adelante, es la certeza esencialista que cargan los japoneses. Reconstruyen ciudades en dos semanas, profesa el mito. Pero la madre no quiere pagar el costo de la vida de su hijo y por eso decide enviarlo a Buenos Aires. La Argentina peronista aparece como una tierra de oportunidades para los sobrevivientes de la guerra. El barco parte desde un sitio alejado del hogar, la familia lo acompaña y luego de una escena seca y trágica, Kitaro emprende el viaje.

Una de las grandes virtudes del narrador, que relata en primera persona, es que no comete errores. Ninguno. Uno puede cansarse de buscar. Naturalmente, uno esperaría que a los 20 años algunos descuidos aparezcan. Eso no sucede. Escribe como si en simultáneo fuera recordando. Parece cumplir la fantasía de todo escritor: escribir a la vez que las ideas aparecen, en modo automático, mientras pensamos.

La prosa es dinamizada por un arsenal interminable de verbos, por una secuencia narrativa ad infinitum. Escrito con un laconismo obsesivo, otra virtud es la de generar las condiciones óptimas para que el lector cobre un protagonismo inusual en el inevitable pacto dialógico con la obra: los adjetivos escasean, en un mundo al que poco le importa eso, razón por la cual es sencillo participar de su creación y recreación. En la potencia verbal se encuentra el secreto de la maquínica generación de detalles que construyen la historia. Muchos aseguraron, con prisa, que era evidente el sello oriental en su escritura, algo que Matayoshi ha desmentido explicando que no había leído literatura oriental y que su influencia podía encontrarse, sobre todo, en autores como el estadounidense Jerry Salinger.

En El mundo entero como un lugar extraño, García Canclini dice y cito de memoria, seguramente mal que: “no importan dónde nos encontremos, cualquier entorno, hasta nuestra propia casa, puede hacer que nos sintamos extranjeros.” Eso es lo que la novela de Matayoshi parece decirnos. Todo transcurre en un ambiente de perfecto sufrimiento, de desarraigo y espera. Algo que parece quebrarse en sólo dos momentos. Primero, a raíz de un detalle contundente que cito a continuación: Todo resultaba ajeno, como si no fuese yo quien se iba sino alguien más. Aquella otra persona sostenía un bolso listo para emprender un nuevo viaje y se despedía de sus amigos. Elisa salió corriendo del comedor: Evita, la esposa del presidente, había muerto. Y aquí se produce un efecto de fagocitación de lo privado por lo público que resulta completamente ajeno al relato y que el autor, perfectamente, puede no haber buscado. Segundo, cuando la serenidad y el estoicismo estricto que dan curso a la novela son embestidos por las intensas llamaradas de las escenas de sexo del protagonista.

Gaijín quiere decir extranjero. Kitaro es un inmigrante que debe adaptarse a una cultura en la que predominan personas desinteresados por adaptarse a la cultura del que llega. Sin embargo, para los japoneses de la historia, el término hace referencia al clivaje occidente/oriente. Mark era el primer gaijin con el que me llevaba bien. Me gustaba que no fuera americano -era holandés- y que me tratara como a un igual, dice en un momento. De este modo, los chinos son los chinos; los malayos, los malayos; los coreanos, los coreanos, y así. Pero los suecos, los estadounidenses y todo aquel que sea de origen occidental, aluden a la figura del Gaijin: esa idea trazará gran parte de la aventura marina.

En América a las estrellas fugaces se les piden deseos, aseguró. La historia que contaba papá era mucho mejor. Las estrellas fugaces eran las almas de las personas bondadosas que, en la noche, veían a todos los que amaban y después regresaban junto a las otras estrellas. El ejercicio de situación histórica del autor aparenta reparar constantemente en el mito del de los cambios del mundo tras la segunda guerra, ese según el cual luego del 45’ todo iría haciéndose más complejo; las minorías que emergen, las disciplinas que se hiper-fragmentan, las colonias asiáticas y africanas que se rebelan, oriente que comienza a occidentalizarse y occidente a orientalizarse, y toda la sarasa wallenstariana.

Pero sucede que Matayoshi escribe sin rigor histórico, no es algo que parezca quitarle el sueño. Los nombres que escoge son inventos inspirados en su entorno. En una entrevista sugirió que hay personajes con nombres de marcas de perfume, por ejemplo. Pero eso así, hay una operación evidente, que es la inversión de la maldición china: “los argentinos son todos iguales”, dice en una parte. Cuando Julieta, que también es hija de japoneses, le cuenta que en la escuela sufre las burlas de sus compañeros y que la llaman “china”, Kitaro responde sorprendido: qué ignorantes.

Paradójicamente, Gaijin, me recuerda en algo a Life of pi (2012), la película dirigida por Ang Lee, que justamente es chino. Es la historia de Piscine Patel, un joven Indio que en un viaje marino pierde a su familia y sobrevive 227 días en un bote, a bordo con un tigre del que zafa astuta y milagrosamente. La filosofía que motoriza la narración del joven novelista, al igual que en este film, es que “la vida es un acto de desprendimiento tras otro”. Estoy seguro que no querría que lo confunda con un chino. Perdón Matayoshi.

Para concluir, la edición de Odelia incluye un epílogo del autor en el que aclara que Kitaro no es él, para despejar la suposición obvia. Tampoco dice que es su padre, pero es lo que sugiere al dedicarle la obra en el mismo texto. Dice: Papá no era de las personas que abrazan, a él le gustaba cocinar. Si Gaijín es la aventura de su padre, es también la historia de porqué Maximiliano se llama Maximiliano. Kitaro regresará a Japón, pero en el medio, el único idioma que sostiene su movilizada vida en Argentina es el que hará que regrese a nuestro país para quedarse: el amor. Papá tampoco era de las personas que se dejan abrazar. Pero ya no me importa, hoy te jodés, hoy te abrazo, remata en el epílogo. El abrazo se extendió y llegó a sus lectores.

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1 Comentario

  1. Desearia encontrar la perfecta definicion de extranjero en la humanidad. Maldito nacionalismo destructor o, al menos, distractor.
    Bueno… solo es una ocurrencia.

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