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Una velada en Y Wladfa

por Imanol
Rwy ´n awr yn bedwar ugain oed
Ac nis gwelais long erioed
Ond os y caniata fy Nuw
Af finnau I Batagonia I fyw.
 
(Ahora tengo 80 años / y nunca vi un barco /
pero si mi Dios lo permite / me iré a vivir a la Patagonia).
Anónimo.[1][2]
Ilustración: Iñaqui Ortega
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La mañana era fría y las gotas de lluvia se mezclaban con lágrimas en los rostros rubicundos de algunos colonos. El aire estaba cargado de desesperación. El lugar no era ni remotamente cercano al paraíso que publicitaron los voceros de la Nueva Gales. Habían anclado en la costa de una estepa empedrada y espinosa que meses después llamarían Porth Madryn -en honor a Love Jones Parry, barón de Madryn en Gales. Ebrios de frustración comenzaron a edificar algunos refugios temporales para aquellos que aguardaban en el Mimosa. En el mismo lugar, ciento cincuenta años después, bebí una birra mientras contemplaba el mar que en crepúsculo brillaba escarlata por la contaminación de las pesqueras (según me contaron en voz baja).
La ciudad actualmente late al ritmo de una economía industrial y fuertemente turística. Se compone de un conjunto de etnias de los más diversos orígenes que aumenta a un ritmo superior a la media provincial. Está rodeada de mesetas terrosas. El mar a veces tiene un olor a mierda inefable. La costa se llena de moscas que bailan sobre algas secas y si abrís la boca se te meten en el cuerpo y navegan hasta tus intestinos.
Mi primer contacto con descendientes de colonos fue en una centenaria casa convertida en centro cultural y sede de la Asociación Cultural Galesa de Puerto Madryn.
En una caminata indiferente di con la puerta abierta y entré fingiendo ser un periodista. Compré un libro para endulzar relaciones y charlé con una hermosa mujer mayor de sonrisa lactescente. Según sus palabras la casa perteneció a José Toschke, un importante habitante de la ciudad de nacionalidad alemana. En 1905 había fundado allí el primer instituto de enseñanza, el Colegio Sarmiento, y luego acompañó la concreción de las siguientes escuelas de carácter nacional. Para evitar que sea demolida en el año 1987 la Asociación se hizo responsable de la casa y el gobierno provincial aportó recursos para su restauración. Se conservó sólo el edificio principal del internado. El hogar del director, que se encontraba cruzando el patio, fue convertido inevitablemente en un hotel.
Me invitó a la Semana de la Cultura Galesa. Acepté sonriente aunque sólo me interesaba el último día donde tocarían bandas de música medieval y venderían cerveza artesanal.
Lugar donde se cree fue el desembarco de los galeses. En la actualidad se emplaza allí el Museo del Desembarco.
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La Asociación Colonizadora Galesa, creada el 9 de julio de 1861 en Liverpool, concluyó que el lugar adecuado para establecer la Nueva Gales era la Patagonia y posteriormente entraron en tratativas con el flamante gobierno de Bartolomé Mitre.
Lewis Jones y T.D. Love Jones-Parry fueron los emisarios galeses de un proyecto que desde el principio contó con el apoyo del Ministro del Interior, Guillermo Rawson (1). En el mismo se planteó al gobierno de Argentina que permitiera formar una colonia galesa con independencia secular y religiosa, formando parte de la Confederación como una provincia más. Prometían poblar tierras que hasta ese momento sólo conocían algunos pueblos originarios de la zona, como los aónikenk o tehuelche meridional austral, y los gënëna a këne o tehuelche septentrional austral.
El proyecto fue rechazado por los senadores de las catorce provincias de la nueva república, empero, en la reunión de emergencia de 1963, la comisión galesa decidió continuar con el proyecto accediendo al rótulo de inmigrantes comunes. En los años siguientes los líderes del movimiento se lanzaron a una campaña, recorriendo las ciudades de Gales, para publicitar la futura colonia y recaudar los fondos necesarios.
Un contingente de alrededor de 160 personas partió en el velero Mimosa desde Liverpool, el 28 de mayo de 1865. Dos meses después arribaron a suelo patagónico tras sufrir innumerables penurias. Las semanas siguientes no trastocaron este desafortunado panorama.
La costa de Puerto Madryn funcionó como puerta de entrada al verdadero destino: el valle del río Chupat, luego denominado Chubut -según Lewis Jones, el ministro Rawson modificó su nombre para evitar su similitud con el verbo chupar-, que se ubicaba a 60 kilómetros de Madryn. En los días siguientes se enviaron tres contingentes hacia allí.
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Me dirijo a la velada predispuesto a pasarla bien. La casa es grande y rústica. La puerta principal y las innumerables ventanas son de madera y están pintadas de un tono oliváceo con umbrales blancos que contrasta fuertemente con el rojo gastado de los ladrillos. La fiesta se desarrolla en el patio al que se accede por una entrada lateral. La mujer que recorta entradas sonríe con un brillo de brackets que hace parpadear.
Un patio repleto de ancianos. Las sillas tienen en su respaldo el nombre de alguno de los más célebres colonos. Elijo la de Gutyn Ebrill, un personaje notable, poeta y carpintero, fue el primer arquitecto de la región: construyó el primer muelle de Madryn, sus primeras casas, ubicadas sobre la costa, y los primeros puentes y capillas del Valle. A mi izquierda una señora apoyó el culo en Richard Jones Berwyn.
Sólo caras desconocidas y una atmósfera de fiesta. El lugar no posee características notables que lo muestren diferente a otros. Está cubierto de guirnaldas verdes, blancas y rojas como la bandera galesa. En una esquina un escenario con forma de cadalso esconde unos parlantes. En la vanguardia se extienden algunas mesas. Mujeres vestidas de colonas mantienen los preparativos; entran y salen de un galpón lateral a la casa Toschke. La vestimenta de las féminas consiste en una camisa blanca, pollera negra con un lazo rojo que rodea la cintura y botas; algunas llevan sombreros.

 

Retrato colectivo anónimo tomado el 11 de agosto de 1938, en el día de la inauguración del obelisco conmemorativo del cincuentenario de la capilla Seion, en Bryn Gwyn, al sur de Gaiman.
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La mayoría de los colonos del primer contingente que viajó a la Patagonia provenían de los distritos mineros del sur de Gales. El sueño de poseer tierras propias para librarse del yugo de los terratenientes y las duras condiciones de las minas de carbón y hierro se mostraba atrayente. El movimiento de colonización patagónica se formó sobre otras aristas además de la económica: la conservación del idioma, de la religión (protestantismo no conformista) y de una formación social autóctona. Existía un verdadero espíritu patriótico en algunos de los primeros colonos.
La migración fue una constante del siglo XIX para el pueblo galés. La principal razón se fundía en las dificultades que ofrecía la vida diaria tanto en las zonas rurales como en las industriales de su país. Los cambios económicos y sociales que produjo la revolución industrial golpeaban fuerte a los galeses que veían con buenos ojos trasladarse a los grandes centros de Inglaterra (Liverpool, Birkenhead, Birmingham, Manchester y Londres).
Dentro de este panorama surgieron las propuestas políticas de formar una colonia e intentaron hacerlo en reiteradas ocasiones antes de establecerse en la Patagonia (emigraron principalmente a Estados Unidos y en menor medida a Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Sudáfrica). En aquellos casos los lazos sociales, idiomáticos, educativos y políticos se desvanecieron con el correr del tiempo y no superaron más de “dos generaciones” (2).
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Aún no abre la cantina y deseo morir antes que seguir sufriendo el peso de la abstinencia. Voy a subir al cadalso y a colgarme del bafle de 50 watts. La silla del alcahuete de Gutyn Ebrill me incomoda como un padre borracho cantando desventuras en público. El sol está cayendo despacio en su rutina de siempre de souvenier esférico.
Observo a una bella joven que resalta sobre el avinagrado público. Fuma sin parar y dibuja telarañas con el humo. Usa anteojos redondos y el cabello rapado; tiene los sobacos peludos y unos shorts muy cortos. Algunos movimientos desinteresados develan unas nalgas pálidas con pequeñas venas lívidas. Se abraza y frota con un gringo. Creo que es la mujer más hermosa que he visto.
Un pelado calavérico oficia de expositor e inaugura la velada. Comentarios sobre la semana transcurrida: un curso acelerado de galés, clases de cocina galesa para niños y un paseo en trencito por Puerto Madryn.
La cantina (unas cuantas señoras tras una mesa) acaba de abrir. Me dieron cerveza y comida con el vale de la entrada. Rechacé el alimento y estoy bebiendo el primer vaso, ¡uno más por favor! Ya estoy en Gutyn Ebrill para observar de cerca el primer show.
Un grupo coral está a punto de entonar canciones del medioevo europeo. Lo dirige una mujer soporífera que explica el contexto de cada canción antes de comenzar. Las trovas son pintorescas y el grupo cumple con sobriedad; estéticamente parecen oficinistas aburridos con sus vidas. El repertorio data del 1500 y no es estrictamente galés. Canciones españolas, francesas e inglesas (algunas con frases en alemán); todas son canciones de desamor, principalmente engaños maritales. La moral monógama como motor de producciones culturales.
Pues que me tienes, Miguel, por esposa,
Mírame, Miguel, cómo soy hermosa.
Tan aventajada cuan bella y graciosa
Mírame, Miguel, cómo soy hermosa.
¡Mira que estremada me hizo natura!
¡Cuánta hermosura en mí está encerrada!
La presentadora del grupo, cada vez más grande e imponente, está tratando de articular una moraleja puritana sobre el matrimonio y su santidad. La desinflamos con miradas patidifusas. La gorda se reduce y el cadalso crece. Al fin me divierto embriagado de melodías y cerveza roja.
Terminaron los oficinistas medievales y en la atmósfera se instaura el desconcierto. Vasos iridiscentes que se encogen y explotan; humo que grava runas sobre mi cabeza.
Para pasar el tiempo comencé a lucubrar a las parejas monógamas como una relación de país imperialista y colonia: uno siempre domina al otro y le obliga a creer que aquello es lo que le conviene social y económicamente. Me río con la analogía y pienso, mientras observo a la rapada, si ella es Inglaterra y el rubio las Islas Caimán o viceversa. Quizás todas las relaciones implican controlar o ser controlado.
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En el camino desde la costa de Puerto Madryn al valle del río Chubut los galeses debieron enfrentar no solo el clima adverso y el terreno puntiagudo sino también las malas referencias que tenían de los nativos y que pesaban en sus conciencias, dando lugar a un constante temor que los alteraba ante cualquier sombra extraña.
La mayoría de los hombres hicieron el viaje a pie y las mujeres y niños en barco. Al llegar al valle se instalaron en las ruinas de un antiguo fuerte que databa de 1854. Luego dividieron las tierras adyacentes al río y establecieron allí las chacras. Las capillas se consolidaron como el centro de la vida social. El entorno era austero, los recursos escasos y las subsistencia comprometida (3). En septiembre de 1865 se fundó Trerawson (luego Rawson). Posteriormente fundarían Trelew y la maravillosa ciudad de Gaiman. Trastocaron el entorno desértico en pequeños poblados verdes que subsisten en la actualidad.
Desde el principio dieron primacía a la agricultura por encima de la ganadería; principalmente cultivaron trigo. La cría de ganado fue complementaria contrastando con regiones del país, como la pampeana, donde fue hegemónica. La ausencia de alambrados facilitó la complementariedad entre los ¨sistemas económico-culturales galés y tehuelche¨ (4). Glyn Williams, un sociólogo graduado en Gales, pasó diez años en Chubut haciendo investigaciones sobre el caso patagónico y se preguntó, en algunos ensayos, sobre la posibilidad de que el asentamiento hubiera tenido algunos principios socialistas (5).
Establecieron con los tehuelches una relación basada en enseñanzas culturales y trueque de productos. Estos los entrenaron en el uso de boleadoras y el lazo adecuados para la zona. Ha sido señalada como uno de los pocos ejemplos de convivencia pacífica entre colonos europeos y nativos americanos (6). La colonia galesa nunca tuvo un ejército y en las casi dos décadas durante las que convivieron en relativo aislamiento no sufrieron malones.
Alcanzaron un punto de confianza comercial y social tal que en 1876 el valor de las exportaciones de productos provenientes del comercio con los indígenas trepó al 49% del monto total vendido por la Colonia. De este modo la denominada “Conquista del Desierto” sólo trajo problemas para los galeses que intervinieron ante el gobierno nacional para evitar la erradicación de sus socios comerciales. No fueron escuchados. Se dice que los tehuelches se referían a los galeses como  “los honrados galeses” y “hermanos”. Diferente era la denominación hacia los habitantes de Río Negro a los que llamaban simplemente “cristianos”.
Alumnos galeses y americanos, año 1906.
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El aire está licuado y el sol ya no se observa. La velada se ilumina de luz artificial. La rapada sigue fumando y arremolina su tabaco mientras ríe.
El Pelado Calavérico está más perdido que Dafydd Williams -el primer colono en morir en tierra patagónica, desapareció luego del desembarco y sus restos fueron hallados años después. Teclea una netbook de Conectar Igualdad sobre una mesa de Quilmes y esporádicamente se acerca al micrófono para pedir paciencia. Anuncia un número de baile galés.
Las mujeres vestidas de galesas esperan detrás del único árbol del patio, abandonaron la misógina tarea de oficiar de anfitrionas amas de casa para deleitar con un baile que practicaron especialmente para la ocasión. Tras algunos intentos fallidos (donde el Pelado Calavérico demostró reiterados ejemplos de torpeza para reproducir la canción adecuada) las señoras comienzan el baile en parejas.
Tomadas de las manos se unen y giran. Brillan bajo la luz mortecina de los débiles focos. Los movimientos son forzados y se muestran desorientadas. Parecen inocentes y atractivas.
El número breve finalizó y todos estamos aplaudiendo de pie. La intención fue lo celebrado y el alcohol hizo de los aplausos un vitoreo vehemente.
Monumento a la Mujer Galesa. Sobre la costanera en el centro de Puerto Madryn
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El galés fue la lengua exclusiva de la Colonia desde 1865 hasta finales del siglo XIX. Pocos dominaban el castellano. El liderazgo político se administraba por un consejo de doce personas elegidas antes de desembarcar en Chubut. Este Consejo redactó una constitución en galés. Los nacimientos, casamientos, escrituras de tierras y testamentos se extendían en esa lengua.
En Gales sólo se empleaba el idioma nativo en el contexto religioso, todos los otros espacios de la vida social se comunicaban en inglés desde hace mucho tiempo. En la Colonia su uso se expandió de forma natural: era la lengua del hogar, del ocio, del trabajo, la religión y sobre todo de la educación.
A partir de la Cwmni Masnachol y Camwy (Compañía Mercantil del Chubut) en 1885, el poder económico y comercial estaba oficialmente en manos de los colonos. La Cooperativa se convirtió en símbolo de confianza económica y llegó a ser un sistema bancario eficiente.
Hacia fines de 1870 el gobierno argentino se mostró interesado por la Colonia, no sólo por el desarrollo económico y social sino también por un fuerte temor al surgimiento de un espíritu independentista. El idioma galés comenzó a considerarse un obstáculo y para introducir el castellano se fundó la primera escuela nacional en la Patagonia. Como la mayoría de los maestros eran galeses el gobierno envió maestros argentinos.
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Ya se prepara una banda de música celta. La batería está armada en el escenario superior. Los otros acercan cada uno su instrumento y comienzan a probar sonido. El Pelado Calavérico regresa a hacer de las suyas otra vez.
La necesidad punzante de expulsar orina me obliga a pedir indicaciones para encontrar el baño. Un dedo extendido señala el interior de la casa.
Entro dubitativo por la puerta trasera que da a una cocina pequeña. Tiene el aspecto de no haber sido modificada desde la última cena de Toschke hace casi setenta años. Huelo un tufillo a formol y empiezo a temer que conserven al viejo embalsamado en algún lado. El eco de mis pasos rebota en las paredes. Ni indicios de un baño.
Subo por la escalera tras pasar el pequeño living. Está oscuro y los escalones no tienen fin. A cada paso el suelo y las paredes se vuelven más carnosas y húmedas. La impresión de estar subiendo dentro del cuello de un reptil gira en mi conciencia. El olor a formol y el quinto vaso de cerveza hicieron lo suyo y me siento en un estado desconcertante. A cada paso la escalera-cuello se encoge más.
Al fin arriba. Un pasillo alfombrado se extiende frente a mí. Puertas de madera oscura. Están todas cerradas excepto una ubicada en el extremo más alejado. Para mi desgracia no es el baño; se trata de una pequeña habitación azulada con una cama y una ventana redonda que da al patio.
Lo que observo por el vidrio no parece creíble: afuera ya no acontece la fiesta galesa y es de día nuevamente.
El ambiente está teñido en sepia.
El patio es más amplio y donde termina comienza una casa antigua. En derredor se emplazan otras edificaciones espaciosas. A lo lejos veo algunas viviendas de madera tosca. Las calles aledañas están empedradas. Todo parece muy antiguo. Niños juegan en el patio vestidos de colonos. Un hombre de barba enmarañada y de aspecto rudo me observa con una mirada pétrea. No me quita los ojos de encima ni yo a él.
Empiezo a escuchar un ruido metálico y lejano que se acerca cada vez más. La casa comienza a vibrar y el sonido se torna insoportable. Un sismo exponencial. Parece como si una locomotora fuera a colisionar con el edificio.
“¿Estás perdido?”, la pregunta me regresa a la realidad contemporánea. La voz se asemeja al eco de una flor que se desprende. Sigo aturdido.
Me doy vuelta y es la rapada. Me mira con ojos felinos. Tiene los cachetes ruborizados. Se acerca. Por la parsimonia de sus movimientos parece que es consciente de la belleza superlativa que desprende; de esa plusvalía social.
¨Estaba buscando el baño¨, contesto con la voz algo ronca.
Pero el baño está abajo, junto a la heladera. ¿Por qué cae agua de esa planta?”, su mano señala una maceta. Efectivamente parece recién regada.
Estaba así cuando llegué”, contesto inútilmente y bajamos juntos. En el descenso la escalera resulta sumamente breve.
La rapada se llama Annie y es descendiente de galeses; vive en Trelew. Consulto sobre su novio y afirma que es su hermano. Como leyéndome los pensamientos dijo:
-Confiar en lo que teorizamos es un enorme obstáculo mental.
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En 1896 se calculaba que el 20 por ciento de la población del territorio de la Colonia eran nativos americanos y sólo el 8 por ciento argentinos, el resto eran galeses emigrados y descendientes.
Diez años antes los colonos habían fomentado la creación de una compañía de ferrocarriles que conectó al valle con Puerto Madryn. A través de este puerto se exportaban sus producciones regionales e importaban productos. La empresa resultante quedó en manos de empresarios que no vivían en la Colonia y paulatinamente los galeses comenzaron a perder el poderío económico y comercial que habían conseguido. Sumado esto a la reducción de la lengua galesa y a las restricciones políticas que incentivaba el gobierno nacional, los descendientes comenzaron a diluirse hasta convertirse en una minoría celebrada (por su valor histórico) pero relegada ante los nuevos propietarios del Chubut.
Actualmente los propietarios de grandes territorios de la Patagonia son millonarios de rostros difusos. Benetton, Tomkins, Lewis, y Turner lideran la posesión de hectáreas en esta región. El empresario de ropa posee por si solo poco más 800.000 hectáreas que compró en 1991 a la Compañía de tierras del sud argentino. El territorio en cuestión está en disputa desde 1891, poco después de terminada la Masacre del Desierto.
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En el patio observo a las colonas ocupar el mismo lugar donde antes danzaron aunque ahora acompañadas de hombres del público. Les falta un bailarín y por alguna razón no puedo resistirme.
No sé bailar ni un vals y creo que voy a hacer el ridículo. Para evitar la presión de tantos ojos líquidos intento imaginarlos en ropa interior: el truco funciona al revés y ahora estoy desnudo junto a una ronda de bailarines y bailarinas (también desnudos). Desde aquí las luces son violentas y acaloradas. De fondo suena música celta.
La ronda está compuesta de quince personas en parejas de tres (dos mujeres y un hombre en el medio). Una de las colonas nos explica el baile a los ignorantes y al público de ojos que parece no pestañar. No presto atención perdido en los cuerpos carnosos de mis compañeras que no dejan de reír.
Empieza el baile y las imito. Las parejas vamos tomados de las manos. Son doce pasos hacia adelante y siete en el mismo lugar; de nuevo hacia adelante, esta vez cinco pasos y cuatro en el lugar; hacia atrás unos ocho y para finalizar hago girar a las bailarinas, nos damos un beso en la mejilla y cambiamos de pareja (sólo los hombres y siempre hacia adelante).
No hay tiempo de pensar en las normas androcéntricas que reglan la danza.
Los ojos se convierten en algo lejano. Estoy danzando sin ropa rodeado de cuerpos desnudos. Somos una rueda de carne que gira en torno a la música de flautines y bandolinas. Es un baile-orgía galesa. Culos parados, culos caídos, pezones, genitales y vellos púbicos. ¡Ese monte sí que es un cwn hyfryd[3]!
La música terminó y todos los ojos flotan sobre sus asientos. Escucho el homínido sonido de los aplausos ¿Cómo unos globos oculares pueden generarlo sin poseer manos?
De nuevo entre el público que regresó a su estado corpóreo. Disfruto de la banda instrumental de música celta, Belynus Folk, mientras bebo el sexto vaso de cerveza roja. El escenario vibra como suspendido en un ataque de pánico. Hago palmas entusiasmado. A lo lejos me mira Annie con sus cachetes rojizos. Una de las bailarinas sigue riendo y haciendo señas indecentes. Establecí demasiadas relaciones sociales. Llegó la hora de correr.
Aprovecho el final de una canción para escurrirme hasta la cantina y desaparecer por donde entré.
Llevo el séptimo vaso en mano.
FIN

 

 

 

Referencias:
  1. Mac Donald, Elvey. Hacia la “Tierra Prometida”: Los preparativos para el establecimiento de la Colonia Galesa a orillas del río Chubut, y la navegación del Mimosa.
  2. Owen Jones, Robert. El idioma galés en la Patagonia.
  3. Coronato, Fernando. El Bautismo del viento. Primeros pasos de los galeses en la Patagonia.
  4. Williams, Davis. Asentamiento de los colonos galeses en el valle del Chubut: antecedentes y primeros treinta meses de su historia.
  5. Williams, Glen. Los galeses en la Patagonia ¿Un asentamiento construido sobre principios socialistas?
  6. Gavirati, Marcelo. Y Wladfa en el Chupat. Una pequeña colonia galesa en medio del territorio indígena de la Patagonia.
[1] En español: La Colonia. El uso de la mayúscula se debe a que esta denominación quedó indisolublemente asociada con el asentamiento patagónico. Otras denominaciones para la colonia galesa en el Chubut son: Y Wladfa Gymreig, Y Wladychfa e Y Wladychfa Gymreig.
[2] Jones Glyn Du. “La Colonia Galesa”. (2013: 23).
[3] En español: Valle encantador.
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