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La leyenda del kakuy

por Ignacio Ratier
“El miedo es un pájaro
negro, que vuela a lo largo del viento,
rozando las sienes, crujiendo en las ramas.”
Cristóforo Juárez
1
El kakuy es un pájaro pequeño, tiene en total alrededor de cuarenta centímetros de longitud; su cuerpo es grueso y la cabeza, grande y aplanada, es de color pardo, al igual que su pecho. Cualquier paisano que se detenga en sus ojos, podrá encontrar en ellos un iris amarillo y unas pupilas dilatadas: al verlo da la impresión de que siempre acaba de llegar, cansado, del llanto. Sus alas son ceniza, con algunas manchas oscuras, mientras que el vientre presenta una forma grisácea. Su coloración le permite un mimetismo asombroso, de esa manera puede dormir durante el día sobre la rama de un árbol evitando ser percibido por quienes lo acechan.

 

2
Aquella tarde-noche fumaba un Philip Murray al frente de Bancarios. A mis espaldas, un grupo de pibes quemaba un porro, mientras que unos veteranos jugaban un partido silencioso en las ya arruinadas canchas de césped sintético del club. Sólo los silbidos de los coyuyos resonaban en la calurosa noche. La monotonía del jadeo, de la respiración forzada de aquellos hombres pesados, era el hilo que me conducía mientras miraba pasar las horas.
El aire me apretaba las sienes, era de esos calores que aumentan la gravedad y mantienen a los santiagueños con el aire acondicionado encendido, en sus casas, rezando rosarios para que Edese no dé el golpe de gracia. Conté solamente tres o cuatro hombres trotando por el. Era diciembre.
Esta historia que les cuento, si mal no recuerdo, debe de haber ocurrido durante la semana que separa la navidad y el año nuevo. Eso explicaría la baja densidad poblacional del Parque Aguirre, lugar que suele ser muy concurrido.
No imaginaba lo que pasaría luego, me gustaba la idea de estar sentado ahí, con mi Philip Murray, observando un acontecimiento rarísimo, como es el caso de los partidos de fin de año: evento que no puede ser explicado por otra razón que no sea la del reencuentro de personas que no se ven nunca, que llegan con el botinero a ver qué onda, sin saber bien si todavía aguantan a esos tipos que dicen ser sus amigos, si todavía se animan a largar alguna confidencia; nada que sea top -lo que se dice top- secret, alguna cosita de segundo orden como para reafirmar la confianza en una especie de potlach informacional: yo te cuento algo, vos me cuentas otra cosa, y nos vamos a nuestras casas, tranquilos, con la lista de brothers de la vida incólume.
Todo eso divagaba mientras el Philip se ponía casi del todo marrón y una flema me imploraba despabilarse en el verde césped. De chico no me hubiese animado a andar sin compañía en un lugar así, a esa hora y durante esa época del año. Me daba un terrible cagazo. Me costaba no imaginar al enanito que tira carozos de aceituna para jorobar a los changuitos; mi abuelo me había contado que si te tiraba un pedazo de espejo era porque te iba a fajar bien fiero, y que una vez a su hermano mayor lo habían agarrado entre tres. Todas las figuras que de lejos se aproximaban me parecían enanitos fajadores. Dicen, encima, que son bien dotados, mirá si se les ocurre ponerse sádicos.
Los gorditos, al final del partido se juntaron en una esquina de la cancha; algunos con las caras largas, y otros desenfundando chistes fáciles, propios de la algarabía del triunfo. Todos se fueron, eran el único turno de la tarde-noche. Claro, ahora recuerdo que era 24 y a quién carajo se le ocurre ir a jugar a la pelota en nochebuena. A quién carajo se le ocurre ir a ver un partido C-35 justo ese día.
Ya despoblado el parque, el eco no muy lejano de alguna risa me acompañaba ocasionalmente. Si las risas eran numerosas,  ya sentía que me iban a afanar. No sé si prefería estar sentado bajo el poste de luz o en alguna zona más sombría, camuflado ante posibles presencias furtivas que pudieran atentar en contra de mi integridad. Uno nunca sabe.
Foto: Agustín Del Monte
3
El nombre genérico del ave es Nyctibius griseus cornutus. Nyctibius porque su actividad es crepuscular y nocturna. En cuanto el sol se pone ahí nomás sale. Al alimentarse de todo tipo de insectos, su habitabilidad abarca un inmenso abanico de posibilidades geográficas. Kakuy, en quichua, se llama en el chaco-santiagueño, pero en otros lugares adquiere otras denominaciones; lo curioso es que en todas las leyendas que inspira se relaciona su grito con la ausencia del sol.

 

4
Cuando pensaba que la noche no podía ser más estable en su pesadumbre, me di vuelta para ver si alguien más había ocupado la fuente alrededor de la cual los pibes fumaban un porro, y entonces vi materializarse a mis peores pesadillas. Porque nada temía más que ver algo raro, extraño, informe, anormal; y hacerlo estando solo y lejos de casa. Puede que eso haya estado conmigo toda la tarde, en silencio, imperturbable en esa posición firme. Las patas le colgaban mientras estaba sentado en la rama de un árbol que tenía a no más de dos o tres metros. Sentí los pantalones húmedos y al orina recorrer mis muslos. Inmóvil la figura e inmóvil yo. El miedo mantuvo mi mirada en dirección a la imagen, y así me percaté que era una mujer.
Sus ojos me apuntaban y en ellos percibía la furia del estío santiagueño. Sin embargo no estoy seguro de que me haya estado observando, más bien parecía perdida, hundida en la contingencia, soterrada en sus pesares. Era morocha, su cabellera estaba inflada como si los días y la ventisca hubiesen juntado toda la tierra del parque en su pináculo. El pantalón no le cubría sus rodillas, que estaban recubiertas de costras, y llevaba una remera blanca y raída, quizás por el tiempo, quizás por otras circunstancias; tal era su estado que uno de sus pezones, oscuros como la noche, asomaban con la tenue luz del poste.
Los segundos no ahuyentaron el miedo, seguía encabronada, mostrando los dientes, la mirada fija, fija en mí, como si realmente no supiera que estaba en frente suyo. Comencé a notar que su figura resaltaba, delicada y voluptuosa, y de pronto la idea de que podría precisar ayuda cobró vigor en mi cabeza. Le pregunté, tartamudeando y bajito, si necesitaba algo. Nada. Otra vez. Lo mismo. Esta vez elevando más la voz. Ahora un hilo de saliva le colgaba y el miedo nuevamente ganaba terreno en mis fibras.
Con los pantalones empapados y un temblequeo intenso me levanté del banco y grité lo menos agudo que pude. Lo menos agudo que pude. Bingo: reaccionó, pero ahora ella también parecía asustada. Pará, loca, no te voy a hacer nada, ¿necesitas algo? Respiraba con prisa, agitada, como si en cualquier momento fuese a largar tosidos. Y tosió. ¿Quién sos? El jadeo se aceleró y una súbita desesperación se apoderó de la mujer del cabello esponjoso y la remera blanca y raída.
Insistí más de una hora obteniendo, de esa forma, la misma respuesta de su parte.
El calor abrasaba y era muy tarde. Ya ni las risas llegaban hasta el remoto banquito en el que fumaba mi Philip Murray. Los cancheros se habían tomado el buque hace un largo rato, seguro ya estaban comiendo vitel toné, sanguchitos de miga, y tomando sidra.
Extenuado por la situación, por el misterio de la mujer sentada en el árbol, llegué a pensar que no éramos tan diferentes; los dos estábamos solos y sucios, concentrados en nuestras rabias, alejados de la gente. Creo, incluso, que la prefería enojada y no gimiendo adolorida como gemía ahora. Los gritos se hicieron insoportables, pero algo hacía que permanezca en el parque, duro frente a su llanto.
La mujer se calló, y casi abatido volví a intentar comunicarme con ella. Me miró, no obstante, con otro color. Ahora sí, como si realmente fuese consciente de mi presencia. Vení, dijo. Dudé, dudé mucho. Debía ir. Me acerqué, llegaba hasta la altura de sus rodillas podridas, y le pregunté, nuevamente, si necesitaba ayuda. Aproximó su rostro hacia donde estaba y al agacharse la luz del poste la alcanzaba mejor. Vi en su cara una piel grumosa, como hecha de barro, algunos moretones y costras como las de sus rodillas. Me impresioné y agité mientras ella, con su mirada firme, dijo: te voy a contar algo. Cuando comenzaba con su relato mis piernas no habían dejado de temblar.

 

5
Mi vida estaba más o menos resuelta cuando me casé, hace cinco años. Una tía me había dejado un departamento en pleno centro, tenía trabajo y mi marido el suyo. Él manejaba un remise durante las horas en que yo trabajaba en el diario Cantos Matutinos; la noche llegaba y cenábamos juntos. Era feliz, todo parecía dispuesto en un orden justo, con cada pieza armónicamente en su lugar.
Nos conocimos un jueves en el boliche Bayermú, me dijo que si era necesario iba a perseguirme hasta el fin del mundo: ya había caído, estaba estúpidamente enamorada desde el primer momento y sus palabras sonaban románticas y valientes. Al poco tiempo salíamos a comer, a pasear, a tomar helado. Empezamos a acostarnos muy rápido; me asustaba sentir tanta premura, aún así avanzaba adónde él me llevaba.
Al segundo mes me propuso matrimonio y acepté. Tres semanas después ya habíamos pasado por el registro civil. La primera parte es encantadora, recuerdo aquellos días con la tristeza de saberlos lejanos e imposibles. Nos reíamos de las locuras que hacía mi jefe de redacción, él me contaba las anécdotas de sus pasajeros como si fuese un cura chismoso y nos la arreglábamos así, bien, sin que sobre demasiado.
Un día me dijo que no le gustaba su trabajo, que no iba a sacar más el auto porque no tenía ganas de fumarse a nadie. Pensé que era cosa del momento y que pronto se le iba a pasar. Pero no. Llevaba una semana en la misma actitud y eso me hizo explotar. Tuvimos una discusión muy fuerte y ese mismo día me levantó la mano por primera vez… el mundo entero se derrumbó. No olvido esa cachetada, puntualmente, porque los golpes se hicieron moneda corriente pero esa cachetada fue la bisagra. La vida toda se me hizo insoportable; los pobres salarios de los pasantes me producían tristeza y el ruido que mi jefe hacía al aspirar merca me generaba un profundo asco. Todo me hacía mal.

 

Foto: Agustín Del Monte
6
(Existe la creencia de que se obtiene la fidelidad del hombre amado barriendo el suelo, bajo la cama, con plumas de urutaú -nombre con el que se conoce al pájaro en la región guaraní. Las mujeres logran la constancia de sus maridos colocando sus ropas en canastitos de costura hechos de plumas del mismo pájaro).

 

7
Ya no volvió a trabajar, esperaba que lo mantenga e hiciera todo por él. Me controlaba el celular y cuando estaba en el diario sus whatsapps llegaban a toda hora, salvo cuando se acercaba el momento de mi regreso y le preguntaba qué iba a hacer de comer: el silencio más profundo se hacía azul en la pantalla de mi smartphone. Recibí muchos golpes, puedes verme la cara, pero juro que nada es más violento y doloroso que su silencio. Nada.
Cuando volvía lo encontraba echado viendo series, ah eso sí, siempre me recordaba que tenía que pagar la tarjeta para que pueda ver sus benditas series. La cocina sucia y todo por hacer; así preparaba lo que estuviera a mi alcance: salchichas, huevos, fideos, arroz, hamburguesas, prepizas, queso y jamón. El pequeño arco culinario de quien vive apurado y apenas. Mi voz temblaba y no me animaba al reclamo.
Fueron cinco años dentro de ese círculo, agachando la cabeza cuando debía hacer algo contra mi voluntad, escribiendo noticias ridículas mientras soñaba contar mi vida. Gracias a la recomendación de una amiga que me veía mal, los del diario El Conservador vinieron por mí, me ofrecieron un mejor sueldo y acepté. Dije: una semana y ya. Alargué mi propia agonía. Y en ese lapso de tiempo cargaba con la decisión más importante de mi vida, porque pensaba arrojar algo más que un empleo mal pagado. Pretendía dejar atrás los gritos de mi jefe y el silencio de mi marido: sus golpes cayendo en el vacío de lo privado, a salvo del conocimiento de los demás.
Fue el viernes, casualmente, del fin de mes. Retiré mis cosas de la redacción y caminé las cuatro cuadras que me separan del departamento. Un alivio tibio me recorría al saber que él no estaba porque había ido a jugar a la pelota, justo ahí, al frente de donde estamos nosotros, en Bancarios. Pensé en agarrar algunas cosas e irme, antes de que él llegue, a lo de mi amiga, pero luego dije que por ahí eso lo enojaba más y después iba a ser peor. De cualquier forma la decisión estaba tomada y faltaba que se lo comunique.
Cuando llegó me preguntó qué iba a cocinar. Le dije que fideos con huevos. Vio las cosas de mi trabajo en la sala y se puso raro, empezó a hacerme preguntas sin alterarse mucho. Le conté que había renunciado porque ahora podía ganar más en El Conservador. De nuevo el silencio, el maldito silencio.
Dejé pasar algunos minutos, los huevos estaban apunto de hervir. Voy a irme de casa. No sé porqué fui tan directa y me esforcé tan poco en buscar la manera de convencerlo y controlarlo. No te vas a ir, dijo. La decisión ya está tomada. Fue al baño y el alivio volvió a recorrerme.
Debía colar los fideos y servir los platos de nuestra última cena. Es la última, repetía en susurros. Él salió del baño, se acercó y me dijo “mi amor”. Cuando di media vuelta lanzó el agua hervida con los huevos en mi rostro. Grité tan fuerte que no pude escucharme, mientras mi marido rompía en llanto. Comenzó a darme puñetazos y a decirme cosas, pero no escuchaba nada.
Tendida en el piso, luego de recibir la paliza, no se me ocurrió algo mejor: me arrastré y de rodillas le pedí perdón y bajé su pantalón. Mi cara ardía y él también, lo sentí. Me dijo que todo iba a estar bien, cerró los ojos y cuando menos se lo esperaba golpee con furia sus testículos. Cayó al suelo, sin aire, y escapé con el último resto. Es la última, es la última.
Bajando el ascensor, surcando las veredas rotas, llegando al parque, en todo momento, sentía su respiración en la nuca. No quise darme vuelta porque sé que si lo hacía lo encontraría al acecho. Un hueco en el sendero me cobró una caída; por un segundo sentí todo mi cuerpo en el aire, creo que fue el momento más feliz en mucho tiempo. El golpe en las rodillas hizo que todo se volviera borroso, como si la casetera hubiese empezado a funcionar mal. Con muchas dificultades llegué hasta este árbol y me subí para refugiarme. Él llegó, me miró con rabia y se fue caminando lentamente. Desde entonces no he bajado.

 

8
Su nombre era Claudia Warde y el hecho era conocido por todo Santiago. Su esposo, Gonzalo Olivera, luego de atacarla en el departamento en el que vivían, la había perseguido por el parque, según cuentan algunos testigos que alertaron sobre la extraña situación. Los medios cubrieron profusamente la noticia, porque Claudia no aparecía. El Jefe de redacción había declarado que la mina era complicada pero que nadie merece terminar así. Olivera, tras su detención al día siguiente, no emitió comentario alguno. La policía sostenía que la había matado y enterrado (o tirado) en algún lugar. Una de las teorías aseguraba que un remisero amigo, apellido Serrano, lo había ayudado a llevarla lejos para dejarla en el monte. El otro sospechoso no pudo comprobar qué es lo que hacía a la hora del ataque, pero no había suficiente material como para detenerlo. El paradero de la chica era incierto y ahora la tenía en frente contándome su historia.
Voy a buscar ayuda, te voy a bajar de ahí, le dije. Claudia volvió a su estado inicial, la mirada perdida y el gesto furioso. Ya no respondía pero de todas formas corrí desesperado hacia la comisaría más cercana. Sentía las piernas escaldadas por la pis pero la urgencia hizo que olvide esa situación.
Una vez llegado a la comisaría sexta me encontré con dos policías que habían quedado a trabajar durante la nochebuena; uno era el sargento Jiménez, y el otro, el cabo Autalán. Jiménez, alto y gordo, tenía sólo dos dientes encimados en el centro de la parte superior de su comisura. No llegaba a percibir si había más. Autalán era atlético, diez centímetros más bajo que el sargento y llevaba rapada la cabeza a sus costados. En la agitación se me hizo difícil comenzar el relato, aunque más complicado fue que me tomaran en serio cuando notaron el orín en mi pantalón. Pero cuando mencioné a Claudia Warde los policías cambiaron el semblante. ¿Estás seguro, flaco? Mirá que nosotros ya la dimos por muerta prácticamente. Les dije que habíamos estado hablando y que se encontraba muy lastimada, que por favor me acompañen y la rescaten. Soltaron sus vasos de fernet y me cargaron en la camioneta.

 

9
En Corrientes circula otra leyenda sobre este pájaro: Youma, cegado por los celos, mata a un conquistador blanco amante de su novia Marramac. La muchacha muere de dolor, transformándose en el sol. Su amante asesinado se convierte en la luna. Youma queda en la tierra por la eternidad. Y en un vuelco simbólico es el urutaú, que llora en las noches desconsoladamente la muerte de Marramac, purgando su culpa.

 

10
Al llegar al árbol Claudia no estaba. Se había ido sin dejar ningún rastro. ¿Para eso nos haces venir? No te guardamos una semana porque son las fiestas, chango. Todavía la veo cuando enciendo mi Philip Murray, cuando camino por el parque o cierro los ojos para dormir. Afortunadamente, los policías dejaron que me marche a pesar de su ofuscación. Los fuegos artificiales encendieron el cielo. Esa noche llegué tarde para el brindis.
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