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En la Fiesta del Montecito

por Brahian

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Iñaqui Ortega – What has been seen cannot be unseen (2016)

 

Soy joven, hace frío, la vida es como la mierda y tengo un whisky en la campera. Soy el hombre más feliz del mundo. Mientras camino hacia la fiesta la luna brilla inmutable y obscena.

Llevo veintidós horas despierto. Un largo día escribiendo sobre noticias que me entristecen hasta el páncreas. No podía quedarme a dormir con tantos espectros dando vueltas. Necesitaba salir de mi casa. Necesitaba que el tiempo comenzara a desintegrarse. Qué pesado es el tiempo sobre los hombros de la humanidad. Espero que en la fiesta no haya personas porque me aburren hasta hacerme gritar.

Llego hasta un enorme umbral de ladrillos, iluminado por una tenue luz amarilla que viene de la calle. Una figura renegrida me mira como esperando algo.

¿Qué onda?– le pregunto.

Seguí el túnel– me dice con voz apagada, señalando un túnel blanco de una tela sucia.

Le hago caso. Cuando entro al túnel comienzo a escuchar murmullos. Me molestan pero sigo. Adelante van otras figuras. Las voces suenan por fuera de la tela mugrienta. Una luz brilla y cambia de color cada treinta segundos. Mi cuerpo cambia de color junto a la luz. Ahora estoy verde; ahora estoy amarillo; ahora estoy anaranjado. La luz se apaga y vuelvo a estar azulado. No entiendo a las voces que murmuran desde afuera. Creo que los espectros me siguieron a la fiesta.

Mi única preocupación esta noche es el whiskey. Desde que lo abrí me preocupa que se termine. Hago un sorbo y me quema la garganta. El tiempo comienza a desintegrarse. Sigo caminando, no sé cuánto llevo dentro de este túnel. Una hora, quince minutos, me da lo mismo. Mientras hago otro sorbo llego hasta el final.

Entro a la fiesta y alguien me saluda. Me hace preguntas que no puedo contestar y sigo. La fiesta es un enorme patio sin luces rodeado de una gran cantidad de vegetación seca y puntiaguda. Hay árboles por todos lados. Algunas sillas de madera cuelgan de las copas de los árboles. Luces tenues y oscuridad. El techo es de estrellas. La fiesta es acogedora.

Desde que entré parece que el tiempo se hubiera apagado. Me muevo hasta el final del patio, hipnotizado por un ritmo de bombos, primitivo y contagioso. Cruzo muchas fogatas en el camino. Al llegar al fondo noto que el grupo percusivo está compuesto de figuras que balbucean sonidos extraños. Hay personas en derredor que se quedan a mirar. Algunos participan, algunos beben cerveza. Hay serpientes en el suelo y me rozan los pies, me hacen cosquillas con sus escamas heladas. Pienso qué diría mi abuela si viera tantas serpientes en el piso (seguro me manda a barrerlas). Le hago otro sorbo al whiskey y se lo paso a un pobre espíritu congelado. Me agradece y se va. Otro sorbo.

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Iñaqui Ortega – El Humo (2015)

 

Ya estoy algo ebrio. Todo parece más brilloso y espléndido. Algunos rostros están incompletos. Nadie se queda quieto, se mueven con una parsimonia maravillosa. De fondo suena música electrónica, de esa que demonizan los que nunca leyeron ni la etiqueta del shampoo. Sigo dando vueltas. Cruzo algunas pinturas maravillosas que se mueven con el ritmo de la fiesta. Me pongo a bailar con los colores. Hago un sorbo y le paso mi bebida a una pintura magnífica. Pasan frente a mí dos figuras femeninas. Están casi desnudas, llevan unos vestidos turquesas, transparentes y algo viejos. Me quedo mirándoles el orto. Siento que se me congela el corazón y se me enfría la sangre desde el pecho hasta helarme las bolas. Levanto la mirada y una de las féminas me está mirando fijo. Me guiña un ojo y de un árbol cae una silla. Me quedo piola.

Ya está sonando Jarlibliss. Voy hacia el público. Algunas pinturas están junto a mí. Bailamos. Por el cielo cruza el techo de un barco. Las estrellas están girando. Todo es un remolino, que gira y gira motivado por los acordes. Hago un sorbo y cierro los ojos. La música suena durante un largo rato. Qué maravillosa banda. Cuando abro los ojos ya no hay nadie. Estoy solo con los árboles, en el cielo no quedan estrellas. Luego de otro sorbo todos aparecen nuevamente.

Estoy yendo al baño que está dentro de una casa vacía iluminada por una pequeña luz roja y mortecina. Cruzo algunos instrumentos (les pido permiso como todo caballero) y entro sin problema. Ya en el baño me paro frente al espejo. Estoy dubitativo porque no veo otro reflejo más que el de mis anteojos y ropa. No recuerdo si hoy salí de casa con la cabeza puesta. Hago otro sorbo y meo.

Afuera de nuevo. Me quedo observando a un artista dibujar con lápices de colores. Está haciendo un espantapájaros en silencio. De fondo suena una cumbia peruana. El dibujo comienza a tomar vida. Tiene una honda en la mano. Me apunta, lo miro y sin dudar le paso la botella. No me la quiere devolver y forcejeamos. Me terminan echando de allí. Por suerte pude recuperar el whiskey. Otro sorbo.

Estoy de nuevo en el baño. No sé cómo llegué hasta aquí y no estoy solo. Tengo la cabeza entre las piernas de una mujer. Está sentada sobre el lavamanos y gime. Siento su clítoris ponerse erecto ante mi lengua. Miro hacia arriba y noto que no tiene ojos. Comienzo a apretarle las tetas y siento que algo anda mal. Sigo tocándola y me doy cuenta que no tiene corazón. Salgo del baño refunfuñando y subiéndome el pantalón. Hago un sorbo y pienso: casi me cojo a una de Cambiemos.

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Iñaqui Ortega – Sabe a Pollo (2015)

 

Parado frente a una fogata me rodean seis animales: un ratón con capucha, una jirafa cocainómana, dos gatos viejos, un loro mudo, y un dragón. Estamos hablando sobre nimiedades. No sé hacia dónde va el tiempo. Hago un sorbo y se lo paso al dragón. Es el único que me cae bien porque es el más centrado; no es ingenuo sabe que la libertad no existe, todos estamos atados a algo. Les cuento que el único filósofo europeo que me hace reír es Friedrich. Todos entran en cólera menos el dragón. Me echan de ahí pero no me importa. Ya me estaba mareando el humo. Mientras me alejo miro hacia atrás y uno de ellos me hace el signo de “peace and love” ¿o es el signo peronista? La verdad, no lo sé. Soy como Ferdinand desconfío constantemente de los signos.

Me paro entre el público a escuchar una banda tucumana con un enorme energía reggae. Se llaman Flor de Mamaní. Noto influencias andinas. Me encanta su cantante, lástima que use una calza del Indio Solari. Qué buenos cortes, qué grandiosos tonos, qué maravillosos teclados. Las estrellas vuelven a bailar sobre mi cabeza. El fuego arde y arde y el tiempo se mueve en un cuatro por cuatro. Hago otro sorbo. De lejos me amenazan los animales. Alguien me saca una foto.

No sé cómo, pero estoy en el túnel otra vez. Jugando con las luces. Me rodean dos chicas con las que hablo. Hago un sorbo y les pregunto: “¿las fiestas en Santiago tienen siempre ese talante demoníaco gay friendly?”. Me observan con una mirada entre sorprendida y conmovida. Me piden plata para el vino y les doy. Nunca pude negarme al pedido de los linyeras.

En el baño de nuevo. Apenas puedo mantenerme parado. No sé cómo llegué hasta aquí, ya no tengo la botella ni las piernas de una dama sobre mi lengua. El servicio está lleno de nieve. Estoy agarrado del lavamanos, miro hacia abajo y veo un carnet del Iosep. Me pregunto si alguien estuvo autorizando alguna orden aquí. Luego recuerdo que ya es domingo y que hoy no atienden. Me mojo la cara y salgo.

Ya no tengo whiskey. El tiempo me aplasta la cara y la música no me motiva a nada. Estoy decidido a terminar con mi vida. La fiesta no terminó y la gente sigue bailando. La luna se escondió y la noche absorbe todo lo que la luz no contempla. Emprendo mi marcha hacia el montecito detrás del patio. Llevo una soga que encontré en el baño. Prendo un cigarrillo y pienso en mi botella y los buenos momentos que pasamos. Elijo un árbol al azar. Me siento en una piedra a terminar mi cigarro. Llegan los espíritus y unos cuantos animales; a lo lejos veo las pinturas bailar en el centro de la fiesta. Digo unas palabras sobre lo estúpido que es decir algunas palabras. Rodeo mi cuello con la soga. Alguien empuja la piedra que me sostiene.

Despierto en mi cama totalmente vestido. Las sábanas están llenas de tierra. Tengo aliento a dragón y me arde el cráneo. No sé cómo llegué hasta aquí, tampoco si lo que viví fue cierto. Creo que es hora de beber un poco de agua y empezar a escribir de nuevo. FIN.

• Revista Cabeza

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