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El maestrazo. Un abrazo histórico

por Ignacio Ratier, Imanol Ortega y Matías Torezani.

La desidia estatal, la descontrolada inflación y la lucha por recuperar la dignidad, lograron que miles de lazos entre los docentes de nuestra provincia dejen ser imaginados para volverse concretos. Así sucedió con Darío Palomo e Ítalo Garnica, ambos detenidos y, por orden del poder judicial santiagueño, procesados luego del multitudinario reclamo que congregó a miles de trabajadores de la educación el pasado viernes 4. Los confusos episodios en que maestros fueron golpeados por las fuerzas de seguridad, mientras las autoridades negaban un necesario diálogo, generaron un desasosiego general.

Un nuevo encuentro al día siguiente y polémicos sucesos en el que se conjugaron la indiferencia del poder ejecutivo y el animoso intento de capitalizar la situación por parte de sectores afines al oficialismo nacional, hicieron de este miércoles 9 de marzo una fecha esperada con ansiedad. La masividad del alcance de la noticia y la incertidumbre acerca de las medidas a tomar por parte de nuestros gobernantes generó un gran interrogante: ¿Podrían las fuerzas policiales incurrir nuevamente en actos represivos? El repudio por parte de los que siempre se manifiestan en contra de esto y el desencanto esbozado por los que suelen mirar hacia un costado brindaron a los docentes un respaldo extendido.

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Foto: Agustín del Monte

El grupo de trabajo intenta hacer una cobertura genuina. Luego del viernes, nos dispusimos trabajar en algunos de los pliegues de la manifestación, es decir, en historias ocultas que una vez reveladas puedan hacer que el lector comprenda la verdadera dimensión de las necesidades que motivan tamaña movilización.

Previendo que las fuerzas de seguridad vuelvan a interrumpir el paso en las rutas, los docentes comienzan a llegar a la ciudad con un día de anticipación. La información de que se están organizando en la retreta de la Plaza Libertad y, de que planean realizar una vigilia, llega a nosotros alrededor de las diez de la noche. Nos acercamos algunos minutos después y, en un marco de menor intensidad al que vivimos el viernes -y al que viviríamos al otro día- pudimos conversar con varios de los Autoconvocados, ingresando de ese modo al empantanado mundo del día a día en la vida de un maestro en Santiago. Se vive un clima de euforia y expectativa. Cada vez que un llamado o un mensaje advierte que un contingente ha burlado los controles en las rutas, estallan los aplausos. En medio de todo, los maestros no se ahorran en tristes historias: sueldos que no alcanzan, niños que llegan a clase sólo en busca de comida y docentes que ponen dinero de sus bolsillos para que sus alumnos tengan los materiales necesarios para trabajar, se repiten en cada narración.

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Foto: Agustín del Monte

Darío Palomo

Son las 11:30 del viernes 4 de marzo, Darío Palomo intenta hacerse paso entre los otros maestros para alcanzar a su esposa, que está en la línea del frente de la marcha, donde ha empezado el enfrentamiento entre policías y docentes. El sol está en lo alto y hace un calor agobiante. Darío trata en vano de proteger a su mujer: comienza el enfrentamiento. Ante la negación de las autoridades de recibir a los delegados y a pesar de la fuerte presión policial, los maestros empujan. Las vallas ceden, las fuerzas de seguridad arremeten y mientras intenta encontrar a su esposa, Palomo recibe el golpe de un escudo en su cabeza, y siente que lo arrastran. Se da cuenta de que le sangra la cabeza mientras dos policías lo suben en la caja de una camioneta. En la Comisaria Primera se niegan a darle atención médica hasta que Palomo se desmaya. Recién a las 16 recibe atención y le suturan un profundo corte en la cabeza. Junto a él está Ítalo Garnica, otro docente de Sumampa que había sido detenido en la marcha. “Nunca lo había visto, ahora posiblemente seamos amigos para toda la vida”, asegura.

A las 19:30 los liberan, después de siete horas demorados. Regresan a sus hogares con golpes, secuelas psicológicas y algunas causas procesales en su contra. Al día siguiente, los diarios en papel de la capital santiagueña publican declaraciones del secretario de Seguridad, comisario general Marcelo Pato, en las que acusa a infiltrados y militantes de izquierda de los desmanes.

Palomo es docente de la escuela N° 719 “Blas Parera”, al sur de la ciudad Capital de Santiago del Estero. Tiene 40 años, el rostro sereno y una voz suave y tranquila, que por momentos roza el silencio. Su porte bajo y endeble no amenaza. Es parte del grupo de Docentes Autoconvocados y no milita en ningún partido político. Asegura que nunca tuvo problemas con la ley: “Ni siquiera una infracción de tránsito”. En la escuela da todas las materias de quinto grado, y asegura que se detiene especialmente a la hora de hablar de la democracia, el Estado y la división de poderes. “Necesito enseñarles a mis alumnos algo en lo que creo”, asegura.

Hace dieciocho años trabaja en la docencia y su día comienza muy temprano. Se levanta a las 6:30 y antes de las ocho ya está en la escuela. No es una institución fácil. Está ubicada doscientos metros después del arco donde hace unos años terminaba la ciudad y hoy es una zona de casas precarias antes de la ruta que lleva a El Zanjón. Los maestros colaboraban con su dinero para que los chicos pudieran acceder a los útiles que sus padres no le podían comprar. Pero desde hace unos meses la situación económica tornó esto imposible. El edificio es nuevo. La obra que se iba a construir en dos años se terminó en cuatro. Durante ese tiempo tuvieron clases en otras escuelas de la zona en turnos intermedios, con menos horas. Cuando se terminó la nueva escuela, los padres hicieron una colecta para comprar las rejas con las que se pudo cerrar el predio. Durante meses habían sufrido robos y ataques vandálicos al edificio, que no contaba con seguridad. Y aunque es nuevo, el edificio de la Blas Parera sigue con problemas. Cuando entregaron la obra les recomendaron no echar agua en el piso de arriba. Comprobaron más tarde que la advertencia era seria, cuando un ordenanza baldeó el lugar y el agua llegó hasta el tablero eléctrico de la planta baja, provocando un cortocircuito.

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Foto: Agustín del Monte

 

Los Palomo son padres de dos pequeños hijos. Viven en el barrio Siglo XXI, un vecindario popular en el extremo sudoeste de la ciudad. Como la gran mayoría de los docentes santiagueños se las ingenian para mantener a flote a su familia con dos sueldos docentes que juntos arañan los 12.000 pesos. En 2015 debió pedir un préstamo para poder afrontar los gastos del nacimiento de su último hijo, y con los aumentos en los precios de este año se encuentra imposibilitado de afrontar sus deudas. Asegura que ese fue “el clic” por el que empezó “a militar la causa docente”.

“Como maestros nosotros regamos una semilla, y tratamos de que esa planta crezca sana, acompañándola día a día”, nos confía Palomo. Desde Autoconvocados busca  alcanzar un diálogo con las autoridades para mejorar el salario, las instalaciones y los insumos con los que le toca trabajar. Reniega de los otros gremios docentes porque no “debaten” ni “consultan nada”, en lo que él llama “la mesa del monólogo”. Darío sigue orgulloso de su profesión. La Blas Parera es algo más que el lugar donde trabaja. Él le dice “la escuelita”. Allí pasó su infancia y ahora su hija estudia ahí, mientras el da clases.

Corridas y charlas en una movilización popular

Iniciada la marcha se repite el rito habitual y la masa de manifestantes protesta en torno a la Plaza Libertad. Con una multitud abrazando su perímetro y un brazo alzado ante la llegada por calle Avellaneda de una columna conformada por CISADEMS y algunas organizaciones políticas, el reclamo comienza a dirigirse hacia Casa de Gobierno, tomando Avenida Belgrano.

Cuando la mayor parte ya había abandonado la plaza, Ziomara, una docente de Capital con la que habíamos charlado en la noche anterior, apurada, invita a uno de nuestros cronistas a conversar con una de las mujeres Autoconvocadas. A partir de ahí, luego de una cómica escena que nos encuentra corriendo en busca de reintegrarnos con el resto, nos encontramos con Roxana. Amablemente acepta la entrevista.

Roxana tiene 27 años y vive en Brea Pozo, en el departamento San Martín. Desde septiembre del 2015 trabaja en la escuela primaria de Átoj Pozo, una comunidad situada a 14 kilómetros de su hogar. Las escuelas santiagueñas están clasificadas en diferentes categorías según las dificultades que enfrentan sus docentes para poder brindar asistencia. A medida que la categoría sube, también suben los sueldos, aunque esa compensación muchas veces no resista un análisis de costo-beneficio. La escuela donde trabaja Roxana, es de tercera categoría:

“Sucede que no tenemos agua potable, y tampoco luz. Paradójicamente alguna vez nos han mandado una fotocopiadora que, justamente, al no tener electricidad no podemos usar. Tampoco podemos recibir proyectos de huertas orgánicas como sí lo hacen otras escuelas, por el problema del agua. Todavía así el principal problema es otro. En el aljibe, que es el único lugar del que podemos beber agua, suelen caer animales muertos y, además, los chicos tienen que caminar varios kilómetros diariamente para llegar.”

El problema del agua es histórico en la provincia. Ante la ausencia de redes de agua potable en buena parte del territorio, el aljibe es el único recurso disponible. A esto se le suman otros problemas como la amenaza del arsénico y el mal estado de los caminos, que hacen más difícil el acceso a las zonas donde hay agua potable.

“Los caminos son difíciles y en los días de lluvia se vuelven intransitables. El otro día un compañero se fracturó dos costillas en un accidente, y es otro riesgo porque no hay otro acceso y no nos queda otra que tomar ese camino.”

La poca cantidad de escuelas y la dispersión de la población obliga a que las instituciones de esta categoría deban reunir a niños y jóvenes de diversas comunidades: “Los chicos que no son de Átoj Pozo vienen de comunidades de hasta 7 kilómetros de distancia. Vienen de San Miguel, de San Bajo y otros pequeños parajes”, comenta.

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Foto: Agustín del Monte

“Un día en mi vida es levantarme a las seis de la mañana y tomar unos mates. Calculo salir media hora antes para llegar a tiempo. El horario de entrada es ocho menos diez. La puntualidad depende en parte de que no se me pinche la moto o que no hayan otros accidentes. Además, cuando no llueve los caminos son extremadamente polvorientos y cuando llueve es imposible por los barros salitrosos. Y nosotros, por orden del gobierno,  tenemos constancias que nos cubren dos días de inasistencia. Si nos excedemos sufrimos descuentos en nuestros sueldos”.

“Hay días en que salgo a las siete temprano y vuelvo a las seis de la tarde. Nuestro horario es de ocho de la mañana a doce y media, así que tipo una y media ya estamos en la casa. Pero en caso de tener reunión con la cooperadora, porque los docentes formamos parte de ella, nos quedamos hasta la tarde”.

Roxana lleva algunos meses en Átoj Pozo, pero sus inicios fueron en una escuela de Forres, un pueblo ubicado aproximadamente a cuarenta kilómetros de Capital. Las diferencias entre las escuelas peri-urbanas y las rurales son notables. El trabajo en las escuelas rurales no se limita a llegar al aula, dar la case y enviar a los estudiantes con la tarea para el hogar:

“Las problemáticas sociales de los lugares como Forres, que es más bien un pueblo grande, son diferentes a las de Brea Pozo y sus alrededores. En Forres los padres tienen problemas laborales tales como el desempleo, mientras que en Átoj Pozo  muchas veces se van y no vuelven, algunas veces, hasta por un año porque no tienen más que la asignación universal. Actualmente trabajo en grados nucleados: me han tocado el sexto y el séptimo. La idea es que los chicos no lleguen perdidos a la secundaria, por eso les doy áreas para las que no estoy tan capacitada, como tecnología, inglés o informática. Es necesario que no se pierdan después y evitemos futuras deserciones escolares. Trato de que sean pensantes, de que sean críticos y les llevo todas las miradas posibles para que no se queden con lo que dicen los diarios.”

“Les he comentado de las marchas, ellos estaban indignados porque nos tienen mucho respeto y su bronca es contra el gobierno que nos ha mandado a reprimir. De ese día recuerdo algunas frases: ‘Seño, nunca le pegaríamos a un maestro’. ‘Hay que luchar’. ‘Nosotros vamos a apoyar’. ‘Queremos tener clases pero también queremos que los maestros sean bien pagos’.”

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Foto: Agustín del Monte

 

Las estadísticas sobre salarios docentes, aunque son dudosas, continúan dejando en el último lugar del ranking a nuestra provincia. Los números oficiales no especifican que el 60% de los salarios se cobran en negro a través de incentivos que brinda el ejecutivo. Roxana cobra un básico de $1999, $500 para el transporte y $1300 por la zona en la que trabaja, una cifra que considera “insuficiente”. No puede evitar sentir recelo por las diferencias en relación a los sueldos del cuerpo policial, resalta cifras para comparar y dice: “He estudiado para cobrar $3800, el 10% de lo que cobran algunos policías”.

No tiene hijos y ella piensa que eso la ayuda, ya que su hermana que tiene una niña y cobra los mismos montos debe hacer hasta lo imposible para que el dinero alcance. De todas formas, Roxana ha debido pedir un préstamo para comprarse una pequeña moto. Aun así no le resulta nada fácil: “Hay gastos extra con los chicos de la escuela, fotocopias y afiches para materiales que necesitan y no tienen. Si a mí no me alcanza no me imagino a las que no tienen hijos. Mi hermana es docente y le pasa que tiene una hija que necesita de médicos, pañales, y tiene el mismo sueldo miserable”.

Uno de los conflictos más resonantes, cuando los maestros hablan con nosotros, se desprende de una realidad ineludible: Santiago del Estero es una provincia con una gran cantidad de empleados públicos, razón por la que es muy común que en muchos hogares convivan docentes y policías. En la retreta de la plaza, algunos que han venido de Quimilí y de Bandera Bajada, nos comentan que Marta, una maestra de Quimilí, vive una compleja circunstancia en relación a esto. Su hermano, policía, fue designado para controlar los apellidos de los manifestantes (moneda corriente en nuestro pago). Al negarse fue apresado, y momentáneamente se encuentra detenido. Una buena excusa para recordar que los policías también trabajan en pésimas condiciones y que son sólo engranajes en un sistema caracterizado por incurrir cotidianamente en prácticas autoritarias que recaen, sobre todo, en los sectores más débiles.

En relación a eso, Roxana también posee información valiosa y nos cuenta que en Brea Pozo existen numerosos casos de docentes que apoyan la causa pero no se han sumado a las marchas para no tener problemas en sus casas o en el trabajo.

La contracara de ese temor, es ella misma. A sus 27 años demuestra ser una mujer comprometida no sólo con el reclamo de sus pares.

“Hoy muchas personas se sienten identificadas. Yo vengo hace tiempo a este tipo de marchas y las que estamos viviendo no son como las otras en las que he estado. La represión nos ha jugado a favor. Ayer en el colectivo que iba a Loreto, tres policías viajaban con una libreta controlando nuestros nombres. El miedo no funcionó. Nos hace olvidar que el gobierno nunca ha aceptado dialogar con nosotros ni con la organización política en la que participo.

Se llama “La casa de las mujeres santiagueñas”. Trabajamos en la capacitación en derechos de las mujeres, en la creación de conciencia y en la reflexión. Cuando llegaron a Brea Pozo, conmigo dio resultado. La mujer está sometida, no puede participar en actividades públicas si no es acompañando a su marido. Sino directamente el marido sale de la casa solo. Aunque de a poco están empezando a buscar trabajo y a conseguirlo. Ese es un gran avance”.

Antes de terminar la entrevista, Roxana confiesa tener sentimientos encontrados. La indignación y la bronca no la superan; la silenciosa respuesta habitual de nuestros gobernantes y, la represión del pasado viernes, despiertan en ella orgullo y la fuerza suficiente para seguir luchando.

Te llena de fuerzas encontrarte con más maestros que la última vez, compañeros que alguna vez coincidieron con vos. Me gustaría transmitir que se pierda el miedo, que no haya más persecución, mostrar a los chicos que este es el camino y que si deben enfrentarse para lograr lo que les corresponde, que lo hagan”.

 

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Foto: Agustín del Monte

  Voces atizadas

La concentración termina su recorrido en las calles Rivadavia y Belgrano. Doble vallado y un cordón policial, integrado por un centenar de uniformados, bloquean el paso hacia Casa de Gobierno en un operativo de mayor caudal en comparación al del pasado viernes.

Luego dan testimonio diferentes autoridades que se acercan a dar su apoyo desde distintos sectores del país, entre ellos dirigentes nacionales como Jorge Adaro (Ademys), Rogelio de Leonardis (CTERA), Romina del Pla (SUTEBA Matanza) y Mario Sánchez (ATECA), a los que se sumaron las adhesiones de la Confederación de Educadores Argentinos –CEA-, de la CTERA y de la Federación Nacional Docente.

Se entonan las estrofas del himno nacional ejecutadas por docentes Autoconvocados. Con el objetivo de evitar incidentes (en continuidad con el llamado a una marcha pacífica) el reclamo finaliza con el lanzamiento de tizas hacia el cielo junto al grito de “somos docentes, no delincuentes”. De a poco comienzan a abandonar el lugar, con una energía que contagia a cada ciudadano que atraviesa la zona.

Karina Coria trabaja en la escuela n° 292 del paraje Gramilla, departamento Avellaneda. Según ella la movilización se basa en el reclamo “por un sueldo básico que apenas alcanza para solventar las necesidades elementales de nuestras familias”. Devela que su principal preocupación es no poder brindarles a sus hijos más grandes la oportunidad de estudiar una carrera que signifique un gasto importante en relación a las sumas en negro que no son consideradas una vez que decida jubilarse.

Viajó más de doscientos kilómetros hasta la ciudad Capital, un día antes de la marcha para evitar ser detenida en la ruta por algún operativo policial, luego de la experiencia del viernes pasado en la primera marcha.

“Siempre hemos sido hijos del rigor, a pesar de reclamar en contadas veces, en algunas ocasiones”, menciona en relación a la pregunta sobre la comparación de esta movilización docente con otras en la historia de la Santiago.

Luego de más de veinte años dedicados a la docencia rural, en particular a la educación de niños, expresa una preocupación por las cifras en negro que no son contenidas en los aportes jubilatorios de toda una vida dedicada a la profesión.

“Seguimos firmes en la lucha hasta que el gobierno esté dispuesto a negociar y abrir las paritarias, nos mantenemos en esta posición y no vamos a aflojar. Nuestro compromiso como educadores es trasmitir en las aulas a nuestros niños que ejercer la protesta es parte de sus derechos como ciudadanos”, concluye Karina.

La acompaña Adriana Ordoñez de la escuela 57 Amancio Alcorta, también de la localidad de Herrera. Trabaja desde hace veintiocho años y, con pocas palabras, demuestra orgullo y satisfacción por “esta marcha histórica, de la que nuestros nietos van a saber lo que estamos haciendo por ellos”.

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Foto: Agustín del Monte

Quedan pocas personas en la intersección de Belgrano y Rivadavia. Procedemos a abandonar el lugar en dirección hacia la Plaza Libertad. Allí encontramos un grupo de docentes sentados a un costado de la retreta. Reacios a los medios de comunicación provinciales, que los han decepcionado, intentamos iniciar la conversación y les comentamos cual es el objetivo de la entrevista. Acceden cordialmente entre miradas que sospechan. Un policía se acerca y con tono intimidante pregunta por qué nos encontramos reunidos en la plaza. Amablemente las docentes le contestan que están esperando el vehículo para retornar a su ciudad.

Las maestras nos recomiendan hablar con el delegado a cargo del grupo, Ruli Zerda, de la localidad de Herrera también del departamento Avellaneda. Este comienza por resaltar la importancia de alejar el significado de la movilización de cuestiones partidarias y políticas, y aclara que ninguno de los docentes Autoconvocados es afiliado a algún gremio. Maestros rurales, de la zona 42 y 43, se nuclearon y se unieron al paro formando un grupo de alrededor de cien personas que participaron en la movilización de este viernes.

Entre sus principales preocupaciones menciona la desigualdad en relación a otras provincias: “El piso establecido por nación, al que las provincias deben adaptarse por lo menos a un 50 %  por ciento del básico establecido, que está entre los $8500, por lo que el salario debería rondar en una cifra cercana a los $4500”.

“Con el aumento anunciado por el gobierno de un 40%, con un básico de $2100 el piso salarial no alcanza los $2900 de básico, hablando de un maestro de grado”, acusa Ruli. Muestra una cierta preocupación por otros rangos de trabajadores de la docencia como preceptores, secretarios, bedeles que no están dentro del cargo testigo de maestro de grado por lo que no está establecido aún el porcentaje que les corresponde. Los docentes beneficiados son sólo los que recién se inician. A aquellos de mayor antigüedad se les paga menos incentivo para llegar a ese tope.

Ruli expresa la intención de continuar con la lucha “a pesar de que estemos por perder dinero por el presentismo”, si bien aclara que esas cuestiones nunca son del todo claras, y espera que los docentes que aún no se unieron a las movilizaciones se sumen en un futuro cercano.

“Los pasos a seguir desde la localidad de Herrera son convocar a una asamblea en alguna casa de algún vecino para llamar a toda la población para comunicar porque estamos de paro y que es una situación que va a continuar hasta que el gobierno de una respuesta”, finaliza”.

Abandonamos la zona céntrica de la ciudad capital, colmada por alumnos de colegios secundarios que vuelven a sus casas. A la espera de que el grito de los trabajadores de la docencia llegue a cada sector de la población, con el objetivo de establecer condiciones laborales dignas para todos los docentes de  la provincia. Lo que el viernes sucedió en forma de tragedia, el miércoles se repitió en clave de fiesta. Expresiones artísticas, acompañamiento masivo y pacífico de la población, fotógrafos y periodistas, policías neutralizados detrás de las barreras que el gobierno ha colocado en lugar de ofrecerse al diálogo, y las voces atizadas de los docentes. Todo esto hizo del maestrazo un abrazo histórico. • Revista Cabeza

 

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