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La suma de todos los miedos

Por Omar Layús Ruiz

Si bien las coberturas massmediáticas del horror no son ninguna novedad, algo cambió después de los atentados al Centro Mundial de Comercio el 11 de septiembre del 2001, cuando dos aviones de aerolínea se estrellaron contra las Torres Gemelas, dándole fin a una era de capitalismo brilloso y feroz. Mientras este ícono definitivo de la economía mundial y de su crisis estrellaba sus trozos de cristal y acero contra el piso, una visión de mundo se alteraba para siempre y la doctrina de la paranoia absoluta brotaba como un germinador de escuela primaria para crecer, alborotado, imparable.

Mientras desde nuestras latitudes periféricas no terminábamos de concebir lo que aparecía en la televisión, las políticas migratorias estadounidenses se endurecían. Engordaban los depósitos de artillería mientras nuevos jóvenes se enlistaban en las tropas de elite dispuestos a someter poblaciones subdesarrolladas y torturar adolescentes en nombre de la libertad; y las derechas nacionalistas globales se expresaban abiertas a amedrentar inmigrantes dentro y fuera de sus fronteras.

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Argentina, al borde del colapso, con la mitad de la población sumida en la pobreza. El mundo y sus conflictos eran intrascendentes como un lateral a los quince del primer tiempo. El reino de los sueños y las posibilidades se convertía también en el reino de la duda y la fantasía. La sensación de que cualquier ciudad global podía ser atacada en cualquier momento se extendía tan veloz como la electricidad. Osama Bin Laden –ex agente de la CIA devenido en desertor-, el Golfo Pérsico y los cordones montañosos de Afganistán volvían al centro de las pantallas.

¿Y la Tercera Guerra Mundial?

Las guerras ya no son lo que eran: bandos, ententes, alianzas de un lado y del otro tirándose con munición pesada. Incluso la Guerra Fría no había sido una guerra convencional. Durante el tiempo que imaginábamos las guerras del futuro como escenarios en los que no existían escuadrones de marines sino legiones de mecánicos arreglando androides, es inminente el surgimiento o la presencia de una Tercera Guerra Mundial. Un raid bélico diferente a la lógica de bandos enfrentados mediante la exclusividad de las armas. La Tercera Guerra Mundial es una guerra de pánico, con células terroristas que no llegan desde territorios recónditos sino que se conforman desde adentro del territorio usado como blanco a partir de cursos a distancia. Los yihadistas son drones encandilados por el fanatismo religioso, desperdigados por el mundo, esperando la orden de activación del mismo modo que el Sargento Brody esperaba inmolarse en una panic room repleta de políticos de fuste en algún episodio de Homeland.

La Tercera Guerra Mundial es mediática e informativa. Alcanza con echar un vistazo a cualquiera de las pantallas que nos reinan para notar los grados de exposición a las miserias de la modernidad. En tiempos de iPods y smartphones que se venden como caramelos y demás dispositivos móviles que pueden hacer famoso a cualquiera mediante segundos de video subidos a la ola impredecible de un viral en Twitter o un posteo en Instagram, la potencia de la estética sin ética que ofrece la mediatización del terrorismo de ISIS provoca un pánico paralizante difícil de encasillar dentro de cualquier categoría. La mutilación de cuerpos, la incineración de personas y demás vejaciones transmitidas vía webcam o subidos a YouTube destruyen cualquier posibilidad de análisis.

“Esperen ciberataques masivos, se ha declarado la guerra. Estén preparados” anunció hace algunas horas el colectivo Anonymous después que fueran asesinadas 129 personas en las calles de París. No se mencionan ni armas ni arsenales, se trata de operaciones informáticas que buscarán erradicar de Internet cualquier despojo de propaganda pro-ISIS como intento de atrofiar la difusión de más crímenes. El miedo funciona como el combustible predilecto para las atrocidades del Estado Islámico. Las puestas en escena del horror por parte del radicalismo religioso de ISIS hacen que por instante nos preguntemos si lo que estamos presenciando es realmente una ejecución o se trata de un reality show. Las tomas de cámara, los atuendos, las escenografías desoladas conjugan una escenografía inhumana, que busca sobre todo viralizarse para sembrar terror.

El factor miedo

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Existe sin dudas, un factor psicológico que trasciende la capacidad armamentista de cualquier Estado-nación. Nunca el potencial de artillería de los Estados Unidos ha sido tan alto y efectivo como lo viene siendo durante la administración Obama. El número de bajas ha sido reducido radicalmente en comparación con las aventuras bélicas de Bush hijo. Sin embargo nada de esto ha logrado quitar de raíz el permanente estado de alerta que origina el miedo. No existe hasta la fecha escudo capaz de provocar en la población mecanismos que soporten el pánico que genera viajar en avión, subir un ascensor en un edificio enorme o tomar el subterráneo en una ciudad cosmopolita.

Hablamos de una guerra desterritorial. No hay un espacio de “zonas de guerra” ni “zonas de conflicto” que se aparecen recién cuando los responsables de los atentados son identificados. El conflicto ocurre en cualquier lugar que los fundamentalistas consideren opuestos a las leyes del Corán. La guerra no ataca entre las trincheras sino mientras las víctimas toman un café con amigos, van al teatro a ver una banda de rock o a un estadio a ver un partido de fútbol. Ya lo demostraron los sucesivos ataques de París, primero a la redacción del semanario Charlie Hebdo a principios de este año y luego los que se sucedieron días pasados.

Al igual que lo ocurrido en la estación de Atocha en Madrid aquel 11 de marzo de 2004 con el saldo de más de 190 muertos y 1800 heridos; o el 7 de julio de hace una década en diferentes puntos del servicio público de transportes en Londres (11-M y 7-J, respectivamente), parece que los atentados pueden ocurrir en cualquier momento en esta guerra de guerrillas del futuro. Un futuro muy parecido al hoy.

Bombas humanas

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No es extraño ni ajeno que los terroristas sean jóvenes de entre 15 y 30 años, edad vital en la que conviven partes iguales de una nula conciencia de la muerte y una prepotencia por el conocimiento adquirido que se exacerba minuto tras minuto. La muerte para el Islam es una parte más en la vida terrenal. Todo hombre sabe desde su nacimiento que alguna vez morirá y que la vida no debe apegarse con mucha intensidad a la cuestión material. De todos modos, a pesar de la connotación espiritual de la verdad islámica, no parece que la idea del Estado Islámico fuese la instauración de la sharia (Ley islámica) en todo el planeta sino más bien incubar un miedo perpetuo en la sociedad occidental a partir de su propio cover de la yihad.

Los ataques terroristas son certeros y rudimentarios si se comparan con el costo que Estados Unidos o cualquiera de los países centrales ha invertido en seguridad nacional. Sin embargo, con el paso de los años van ganando en tecnología y complejidad. La tecnología se convierte, además, en el vehículo del terror y la justicia de un dios que se hace carne en la humanidad de jóvenes fieles dispuestos a volar en mil pedazos o accionar una AK-47 soviética.

Se supo hace pocas horas, que para no ser descubiertos, los jóvenes terroristas abandonaron sistemas de chat convencionales como mIRC o Whatsapp para mantener conversaciones mediante servicios de mensajería de juegos de rol de PlayStation 4 como si se tratara de una escena extraída de Bowling for Columbine versión 2015. • Revista Cabeza.

 

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