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¿Cómo suena tu cama?

por Lup Ahead.

Primer compás

Hay música para todas las cosas. Para vender jeans. Para comprar drogas. Hay música de videojuegos. Música de circo. Hay música para estar sólo. Música para estar acompañado. Música que se baila y música que no. En algunas postales y aprovechando los automatismos nostálgicos con los que la inspiración se disfraza de primavera equívoca, me animo a conversar sobre la música y el cuerpo, en un par de imágenes dispersas, instagram style, para amenizar los coloquios sobre lo porno y lo posporno, o para hacerle frente a la humedad y los calores que pronto nos van a agitar, con una caricia breve y tramposa en la oreja, pícara, picante, como un acorde de piano en segundas.

Una paja en El Palomar

La escena transcurre en el barrio El Palomar. Siesta de sábado. La madre, un poco cansada de la recurrente situación, decide tomar cartas en el asunto, y espera el almuerzo para hacer la denuncia frente al resto de la familia: Pedro, Pedrito, las medias son para los pies ¿me entiendes? Estoy a-go-ta-da de tener que fregar las medias hasta que no me quedan uñas para poder despegarles las manchas. O la cortas o de ahora en más, a tus medias las lavas vos.

Pedro pegoteó sus medias la noche anterior, y la anterior a esa, usándolas como recipiente final de una escalada de deseo mientras en su celular revisaba indistintamente tres o cuatro páginas porno. La forma de las medias evitan, al cubrir el miembro, el potencial accidente que podría provocarse utilizando papel tissue, un pañuelo de tela, o algún otro dispositivo descartable. Mientras borra el historial del navegador de su celular, escucha por primera vez Boy from School”, el himno circular de los Hot Chip. Y a pesar del reto materno y la vergüenza, siente que algo se le tiesa en la entrepierna.

Lo que (no) suena en Sociales

Nadie lo recordará, claro, pero hace algunos meses, un grupo de artistas performativos, lanzó la piedra en los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, tras una exhibición que provocó diversos rebotes tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales. Como es costumbre, la derecha, la izquierda, y lo que hay en el medio del pensamiento nacional se hicieron presentes en la disputa de la explicación del fenómeno, cruzado en este caso por el smart talk de los cientistas sociales, cuyo fuego se aviva ante cada nueva posibilidad de descolonizar algún territorio, el cuerpo, la sexualidad o el pasillo de las facultades.

Las fotos y los videos que circularon no muestran demasiado: algún cliché del imaginario sadomasoquista del viejo-nuevo-porno, los carteles de las agrupaciones detrás, postal típica de la cosa universitaria salvo por la desnudez. O por esta desnudez, con cintas negras en cruz sobre los pechos. En el planeta televisión, mucho dicho por sobre las imágenes, pero nada de la banda de sonido original. La ausencia de sonido en los registros me recordó alguna discusión olvidada, sobre la naturaleza de un posible soundtrack del sexo. Si hay un post porno, debería estar acompañado por una post música. Cierta vez, en una situación de cama, alguien preguntó por la música que se escucha para coger y puso el I feel you de Depeche Mode. El juego consistía en proponer una canción cada uno, éramos tres. Alguien subió la apuesta con la versión de Sinner Man de Nina Simone. Yo la tiré álla Rodrigo Palacio, con la versión de Civil Wars de Billie Jean”. En la cama no pasó nada, a pesar del esfuerzo erótico de la hermosa Joy Williams en las orgásmicas estiradas de su contracoro. Las tres canciones, por sus características particulares, evocan con más o menos precisión, alguna dimensión del coito. En un rápido relativismo cualquiera se animaría a decir que la cantidad y la forma de las canciones para la cama son iguales a la cantidad de camas, participantes, humores y formas de los encuentros sexuales. Cualquiera puede cantar, y cualquiera puede, si puede, coger. Lo que hay que recordar, es que a veces es por abajo.

Letras explícitas

John El Legendario, en El celele”, se propone como una alternativa al pelele de tu novio, a quien seguramente vas a dejar cuando él, llevándote de gira por todos los moteles, te penetre, suavecito, con su taladro, por detrás. El explícito del reguetón no solamente suena porno, sino que habla en porno, pero su falta de pulso erótico, en cualquiera de las dimensiones de su expresión, señala un mucho ruido y pocas nueces que termina de dibujarse en la plástica del perreo.

Los perros que ladran, no suelen morder, así, el taladro de John El Legendario y la pelvis de Elvis Presley son inocentes por estar a la vista, y a pesar de las horrorizadas legiones de madres que se quejarán por siempre jamás, lejos están de los manuales de uso y abuso el cuerpo. Si hay pornografía en el reguetón, el posporno musical está más cerca del pornogrind de los Cock and Ball Torture, o del explosivo despliegue escénico de las hermosas Rockbitch, casi en el otro lado del dial, y por supuesto, del globo.

Así como hay letras explícitas hay también músicas explícitas. El mejor ejemplo del libro negro de las cosas de la cama se resume en el disco Erotica, de Madonna. Una amenaza a la estabilidad de cualquier entrepierna en catorce canciones. No sólo en la refritura audaz de la “Fever” de Peggy Lee, sino y sobre todo en la ilustradora Deeper and deeperun tanque disco-house apto para cualquier té infantil o shopping center, que transpira deseo multicolor por cada poro. Una canción sobre lo que aprendimos de los padres, que también fueron sujetos deseantes. El efecto poderosamente inmoral se sucede ahí en la sugerencia, en una seductio presadomaso. Preporno, efectivo desde la punta de la lengua a los alrededores de un pezón.

La electricidad que hay en tu casa también la quiere poner

Del mundo de la música de máquinas, y en contra de la rápida asociación que las coloca cerca de lo inorgánico, los Air se preguntan despacito -y con vocoder- cómo te hace sentir, un himno visual de cómo hacen los bits cuando se ponen cachondos. En la tradición del plunderphonic las humedades de los Massive Attack se recrean en algunos de los pasajes de FKA twigs, sobre todo en la tranquilidad post orgásmica de “Pacifícame”. Si toda música hoy es electrónica, cualquier revolcón estará mediado también por la prometedora intermitencia ausente de los mensajes de Whatsapp, cheques sin fondo para la histeria colectiva y el fuego de los celosos y las celosas.

90’s crane kiss

Las Termas de Rio Hondo. Estación de servicio al paso sobre la ruta. Volviendo de tocar en Tucumán bajamos a comprar cigarrillos. Nos cruzamos con un contingente de turistas de la tercera edad, intentando sin suerte levantar un pato amarillo de una máquina de crane. La máquina silba la melodía en ocho bits de Lambada, terriblemente downtempo, por algún extraño glitch propio de la falta de mantenimiento. El pato se niega a salir, los abuelos se aburren y vuelven a su colectivo. Cada generación tuvo su lambada, o una música particular para los rituales de proximidad y cortejo.

En los espacios normados de la socialización de mi generación, las reglas eran muy claras. Se bailaba primero “movido”, en grupos de varones y mujeres que no se mezclaban, mientras que las y los disponibles caminaban en círculos alrededor de la pista de baile. Un guiño musical daba el paso a las canciones de acercarse. Algún middle tempo retro avisaba que había que buscar pareja para los lentos.

Mi primer beso me encontró bailando I’m not in love de los 10cc. Diez minutos después paramos para respirar al final de Ordinary World de Duran Duran, que era el guiño antes de que los Vilma Palma señalen el final de la sección de los lentos. El beso era como un crane, buscando el pato amarillo en la boca del otro. En los noventa se besaba con desesperación y los más jugados la seguían después afuera, para llegar al nivel dos o al nivel tres. En los pueblos chicos nunca se pasa del nivel tres en público, por el qué dirán en la iglesia de los domingos a la noche, sobre las aventuras de la madrugada del sábado.

La fórmula segura

Desde una perspectiva morfológica, la erótica de la música global en la contemporánea popular está poblada por algunos lugares comunes. Para componer una canción porno bastaría entonces con lograr ordenar algunos elementos más o menos conocidos:

  • una groove de bajo circular
  • una guitarra con wah wah
  • la presencia de un bombo gordo y profundo en la construcción rítmica
  • algunos samples souleros de golpes de vientos
  • y claro está, la presencia vocal

Desde el mantra de Love to love you baby de Donna Summer, hasta el acariciador How does it feel de D’Angelo, una reconstrucción de esta tradición sonora nos va a terminar dejando a media cuadra de lo que el cine porno de los ’70 construyó como su propio soundtrack. Una compilación presentada por el mismo Ron Jeremy en el disco PornoSonic es el ejemplo definitivo de cómo suena la pornografía, al menos aquella que inspiró a los varones de la época.

Dudo que la omnipresente sensualidad afroamericana esté ligada al tamaño, me inclino a pensar que son los ritmos, los que recrean esa sincopada tribalidad de los buenos amantes. Por supuesto, y corre aquí mi denuncia de posición, escribo desde una muy sudamericana blanquitud, y las formas de la síncopa que aprendí de niño poco tenían que ver con lo sensual, ausencia notable en las formas musicales folclóricas del norte argentino. Aunque la pasión folk se desquite en el juego de los pañuelos de las zambas, o en el homoerotismo del zapateo de la chacarera, o incluso en la tristeza arrastrada de la pierna que se encaja entre otras piernas en el tango no hay ni por dónde empezar a comparar.

En la colección de los clichés sexuales musicales, y por tanto en la definición de ese lenguaje particular, no siempre son necesarias las firmezas vocales de los tenores barítonos como Jim Morrison, o cavidades guturales como las de Isaac Hayes o Tom Jones. Agudo como él solo sabe y puede, Prince licúa en las octavas superiores el solo de saxo, los zapatos de plataforma, el desamor, el tajo en el pantalón, el deseo desesperado y los negrísimos cortes de batería en la tántrica Nothing compares to you”, flagship del polvo bajón.

Como resumen del manual, el lugar para llegar, o acabar, si esto fuera una larga lección sobre la cama y la música, es sin duda el Cochon Ville de Sebastien Tellier, que en su indecorosa locura disco recorre un sinfín de parafilias, incluyendo algunas que todavía no tienen nombre o tratamiento.

Coda, culo, apropiación, resignificación

Como un tropezón en el imaginario de los postfeminismos y a pesar de las interminables elucubraciones sobre el cuerpo de las últimas tres décadas, el himno de bienvenida a la exposición de las nuevas sexualidades no sólo peca de sencillo en tanto argumento estético, sino en su extraña fijación por el músculo de retener-expulsar.

Como un primo tonto del Dancehall, el grinding se recrea en Santiago del Estero en una segunda pulsión interminable llamada Guarachoguer.

Musicalmente directo y físicamente demandante, se clava en un uptempo furioso, sin la cadencia sensual del Trap, y como la mayoría de estos fenómenos, atraviesa indemne la cuestión de clase, se baila tanto en el centro como en los márgenes y circunscribe lo deseable a unos márgenes deliciosamente pequeños. De sus innumerables violencias darán cuenta otros, claro, cuando el hecho social llegue al ventilador y nos salpique a todos.

Finalmente, y hablando de resignificaciones, no podría irme del texto sin dejar cuenta de ese lunar hermoso en la baja cintura de los tiempos modernos: la calentura oriental. Como muestra alcanzará la oscuridad de la firme Al Hanayo, que deconstruye con férrea voluntad house la inocencia pop del Joe le Taxi de Vanessa Paradis.

En los comentarios completen este texto, con la música que ustedes llevan a su cama.

Usen la que dejé aquí con completa libertad. • Revista Cabeza

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1 Comentario

  1. I feel you
    para cantarla en vivo y no irme tuve que cantarla estilo low dirty rnr dirty old blues.
    Pulp..a Fermín called love
    y un bedtime stories

    Human Nature is always there

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