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Ojos de video tape

por Omar Layús Ruiz

En una escena de Elephant, la película de Gus Van Sant que recrea a partir de varios puntos de vista la masacre ocurrida en 1999 en el Instituto de Columbine, estado de Colorado, uno de los protagonistas -que más adelante llevaría a cabo la matanza- juega a un videojuego que -por mi prácticamente inexistente adhesión gamer- no logro identificar. La idea del juego es sencilla: disparar contra personas desde un plano subjetivo en el que apenas logra verse el arma y cómo las víctimas, indefensas, se estrellan contra el suelo sin aplicar ningún mecanismo de resistencia. Su amigo, encargado de musicalizar la carnicería virtual digita fragmentos de “Para Elisa” y “Claro de Luna” de Ludwig van Beethoven en un piano seco mientras el aire de la habitación yace invadido de una atmósfera de odio. Ambos tienen un plan y nos enteraremos más tarde.

La cinta del director de Paranoid Park no es más que una instantánea del estado terminal del sueño americano luego de la caída de las Torres Gemelas, macerado a base de iguales partes de decadencia, paranoia y culpa. En Elephant, una pareja de jóvenes apáticos que hartos de ser bulleados por sus compañeros de escuela deciden conseguir armas, tramar un operativo comando (o una cacería) y someterlos uno por uno a la justicia del plomo. Otro ejercicio de atar los cabos de una sociedad enferma y paranoica en la que un chico con edad de secundaria puede comprar armas en e-bay con la tarjeta de crédito de sus padres y recibirlas en su casa vía correo postal.

“Vete de aquí y no vuelvas, que se va a poner picante”, es la última orden que recibe John –cara visible de la película- mientras la dupla de asesinos entra al colegio por una puerta lateral, vestidos y armados, listos para la acción.

Vester Lee Flanagan II tenía 41 años. Era reportero de exteriores y periodista multimedia para la cadena de noticias WDBJ, subsidiaria de CBS. No tenía buena reputación ni tampoco mucho talento. Había trabajado varios años allí y era conocido por fabricar falsas denuncias sobre racismo. Usaba el nombre de Bryce Williams y no se llevaba muy bien con sus compañeros de trabajo. Según trascendió en varios sitios de internet, aprovechaba cada comentario que él podría entender como ofensivo, discriminatorio o racista para armar riñas laborales sobre las que fue cimentando su reputación de “problemático”. Cosa que hizo que lo despidieran.

Dos de sus ex compañeros, quienes más tarde serían sus víctimas, preparaban una nota mientras él tramaba un escenario destinado a descargar la ira contenida sobre ambas personas, la cadena de noticias, el mundo, la humanidad. Por un lado, Alison Parker, de 24 años, a quien acusaba de haber hecho comentarios racistas y a quien incluso había denunciado en la EEOC (Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo); y por otro lado Adam Ward, camarógrafo, que lo había denunciado por –supuestamente- buchonearlo en la oficina de Recursos Humanos del trabajo. El lamentable final ya lo conocemos y no precisamente por circular como una de esas gacetillas perezosas que llenan las páginas de los diarios a nivel global, sino porque el sospechoso (allí lo llamamos en términos jurídicos debido a que todavía no tenía sentencia) decidió tomarse unos minutos para -gracias a las bondades del 4G del primer mundo- subir el material que había registrado con la cámara de sus celular en sus redes sociales, acompañado por una catarata de tweets en clave clickbait, en los que justificaba su accionar, mientras entonaba un inocente y macabro “miren lo que hice”.

¿Qué es un clickbait? Bueno, un clickbait se traduce a nuestro idioma como “carnada de clicks”. Para ser más específico: “La acción de poner una gran capa de “cualidades infladas” o promesas para afectar algún sentimiento del lector y hacer que haga click en él”. ¿Vieron Buzzfeed y sus notas del tipo “50 cosas que nos gustan del Pocho Lavezzi”? Bueno, están llenas de estas carnadas que tienen como objetivo ganar clicks en Facebook, Reddit, o cualquier red social para obtener visibilidad y sobre todo, ganancias económicas.

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Flanagan (o Williams), con la frialdad filosa de un cuchillo de carnicero tuvo la oportunidad de apuntar, tirar, huir… y postear. No sólo apuntar, su arma su cámara, sino también mostrarse apuntando, protagonista de su irreversible destino. “El asesino necesita mostrarse”, reza la teoría psiquiátrica. Se tomo entre 20 y 30 minutos luego del ataque para querer interactuar con nosotros, sumar favs y RTs, likes y shares a sus redes sociales en busca de la verdad definitiva, la que muestra cómo cada uno de nosotros puede asistir al último minuto de cualquier tragedia.

Flanagan tuvo tiempo para hacer zoom in, zoom out, barrido horizontal para mostrarnos la panorámica. Casi que le faltó un white balance que convirtiera el hecho en una pieza digna del realismo mágico más enfermo. Luego enfocó bien y disparó sin piedad mientras intentaba no perder el plano. En el registro del camarógrafo caído permanecía el cuadro aberrante que mostraba cómo las vainas de las balas rebotaban ardientes sobre el piso de madera y que más tarde mostrarían la evidencia del rostro del tirador. Una suerte de Counter Strike demencial que en unas semanas será otra de las atracciones circenses olvidables del reino del minuto a minuto mediático.

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Planear, apuntar, tirar, huir, postear. De la misma manera que ISIS nos muestra cómo decapita pecadores o derrumba tesoros arquitectónicos invaluables, la lógica de las redes extendidas se convierte en objeto de tentación para mostrar la decadencia. Esas cosas que sólo eran hallables en las profundidades de la deep web ahora flotan latentes en la superficie de las redes convencionales, aunque sea por un rato, hasta que alguien levanta la perdíz.

¿Cómo supimos que Mark Zuckerberg hablaba pestes de la chica que lo había dejado en sus años de Harvard? Sí, porque David Fincher retrato al multimillonario más joven de la historia dentro de su universo de inteligencia lacerante, egolatría e histeria en la aclamada The Social Network.

Ahí nos enteramos: Porque estaba ebrio, enojado y estúpido… y blogueando. •Revista Cabeza

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